¿Incautos de Dios?

Hola amigos,

Me encuentro preparando una serie sobre lo que dicen los filósofos de nuestra era que se llaman “You Tubers”, y como ellos influencian todo lo que nuestros hijos piensan sin que nosotros siquiera lo sospechemos.

Espero empezar la próxima semana y mientras tanto los dejo con un artículo precioso, que nos deja ver una de las razones más convincentes de que Cristo es verdad: nuestro cambio de vida.

Dios los bendiga,

Andrés

Por: Ravi Zacarías

¿Es la fe cristiana una tontería intelectual? ¿Están engañados los cristianos?

“Si Dios existe y se interesa en los asuntos de los seres humanos, entonces su voluntad no es inescrutable (que no puede ser comprendida),” escribe Sam Harris sobre el tsunami del 2014 en una Carta a una Nación Cristiana. “Lo único inescrutable aquí es que muchos hombres y mujeres contrario a racionales pueden negar el completo horror de estos eventos y pensar que esto es la cima de la sabiduría moral” (p. 48). En su artículo “Los incautos de Dios,” Harris argumenta, “Todo lo de valor que las personas obtienen de la religión se pueden tener más honestamente, sin presumir nada con evidencia insuficiente. El resto es auto-engaño, hecho música” (Los Angeles Times, 15 de mayo de 2007). Irónicamente, el título del primer libro de Harris es “El Final de la Fe”, pero realmente debiera llamarse “El Final de la Razón,” dado que demuestra nuevamente que la mente que está aislada de Dios en el nombre de la razón puede volverse totalmente irracional.

El zoólogo de Oxford, Richard Dawkins sugiere que la idea de Dios es un virus, y que necesitamos encontrar el antivirus para erradicarlo. De algún modo, si podemos eliminar el virus que nos llevó a pensar de esta manera, nosotros seremos purificados y nos libraremos  de esta molestosa noción de Dios, el bien, y el mal (“Los Virus de la mente,” 1992). Junto a Christopher Hitchens y algunos otros, estos ateos están demandando el rechazo de toda creencia religiosa. “¡Aléjense con esta tontería!” es su grito de batalla. A cambio, ellos prometen un mundo con nueva esperanza y horizontes ilimitados una vez que hayamos dejado este engaño de Dios.

Tengo noticias para ellos —noticias contrarias. La realidad es que el vacío que resulta de la pérdida de lo trascendente, es duro y devastador, filosófica y existencialmente. De hecho,  la negación de una ley moral objetiva, basada en la obsesión de negar la existencia de Dios, resulta finalmente en la negación del mal mismo. Además, uno quisiera preguntarle a Dawkins, ¿estamos moralmente atados para remover ese virus? De alguna forma él mismo está, desde luego, libre del virus y puede por tanto aportar nuestra información moral.

En un intento de evitar lo que ellos llaman la contradicción entre un Dios bueno y un mundo maligno, los ateos tratan de esquivar la realidad de una ley moral (y por ende, un dador de ley moral) al introducir términos como “ética evolucionaria.” Aquel que plantea una pregunta en contra de Dios en efecto se dirige a Dios mientras niega que existe. Ahora, uno puede preguntarse: ¿Por qué verdaderamente necesitas un dador de ley moral si tienes una ley moral? La respuesta es, porque el que pregunta y lo que él o ella preguntan siempre involucran el valor esencial de una persona. Nunca puedes hablar de moralidad de forma abstracta. Las personas están implícitas a la pregunta y al objeto de la pregunta. En resumen, sugerir una ley moral sin un dador de ley moral sería equivalente a plantear la pregunta del mal sin alguien que haga la pregunta. Así que no puedes tener una ley moral a menos que la misma ley moral esté intrínsecamente entrelazada a la persona. Esto significa que debe existir un valor intrínseco de la persona, si la misma ley moral debiera ser evaluada.  Y esa persona puede ser solo Dios.

Nuestra inhabilidad para alterar lo que es real frustra nuestras ilusiones exageradas de ser soberanos por encima de todo. A pesar de ello, la verdad es que nosotros no podemos escapar del problema existencial al alejarnos de una ley moral. Los valores morales objetivos existen solo si Dios existe. ¿Está bien, por ejemplo, mutilar bebés por entretenimiento? Toda persona sensata responderá “no.” Sabemos que los valores morales objetivos si existen. Por tanto, Dios debe existir. Examinar esas premisas y su validez representa un argumento muy sólido.

El profeta Jeremías mencionó, “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). De manera similar, el apóstol Santiago dijo, “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (Santiago 1:22-25)

El mundo no comprende de qué trata la totalidad de la ley moral. Algunos quedan atrapados y otros no. Aun así, ¿A quién de nosotros le gustaría que nuestro corazón sea expuesto en la página principal del periódico de hoy? No han habido días y horas cuando, como Pablo, tú has luchado contigo mismo y has dicho, “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago… ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:15,24). Cada uno de nosotros conoce esta tensión y conflicto interno si somos honestos con nosotros mismos.

Por lo tanto, como cristianos, debemos tomar tiempo para considerar seriamente la pregunta: “¿Verdaderamente Dios ha causado un milagro en mi vida? ¿Es mi propio corazón una prueba de la intervención supernatural de Dios?” En el Occidente vivimos estas temporadas de teologías modernas. Toda la cuestión del “señorío” asoló nuestros debates por cierto tiempo mientras nos preguntábamos si había tal cosa como una vista minimalista de la conversión “Recitamos la oración y ya está” Pero ¿Cómo puede haber una perspectiva minimalista de la conversión cuando la misma conversión es una obra máxima de la gracia de Dios? “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Cor. 5:17).

Si les estuvieses proponiendo matrimonio a alguien, ¿Qué diría aquel que está recibiendo la proposición si tú dijeses, “Quiero que sepas que esta propuesta no cambia en nada mis devociones, mi comportamiento, y mi vida diaria; sin embargo, quiero que sepas que si aceptases mi propuesta, teóricamente nos consideraremos casados. No habrán otros cambios en mi por ti?” De forma extraña hemos minimizado cada compromiso sagrado y logrado el más bajo común denominador. ¿Qué significa el nuevo nacimiento para ti? Esta es una pregunta que raramente hacemos. ¿Quién era yo antes de que Dios obrara en mí, y quien soy yo ahora?

Los resultados inmediatos de venir a conocer a Jesucristo son las nuevas ansias y nuevos deseos que son implantados en la voluntad humana. Yo recuerdo bien el cambio dramático en mi propia forma de pensar. Hubieron nuevos deseos, nuevas esperanzas, nuevos sueños, nuevos cumplimientos, pero lo más notorio, había una nueva voluntad para hacer lo que era la voluntad de Dios. Thomas Chalmes describió este cambio que Cristo trae como “el poder expulsivo de un nuevo afecto.” Este nuevo afecto del corazón —el amor de Dios originado en nosotros a través del Espíritu Santo— expulsa todas otras seducciones y atracciones pasadas. Aquel que conoce a Cristo empieza a ver que su propio corazón equivocado se encuentra empobrecido y en necesidad de una sumisión constante a la voluntad del Señor —rendición espiritual. Sí, todos nosotros hemos recibido diferentes personalidades, pero la humildad de espíritu y el sello distintivo de la conversión es el ver nuestra propia pobreza espiritual. La arrogancia y la soberbia deben ser perjudiciales para la vida del creyente. Un conocimiento profundo de nuestras propias ansias y deseos es un testigo convincente de la gracia de Dios dentro de nosotros.