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Getsemaní y los juicios

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Por: Phillip Yancey

Desde el aposento alto en Jerusalén, saturado de olores de cordero, hierbas amargas y cuerpos sudorosos, Jesús y su grupo de once se levantaron para dirigirse a los olivares frescos y espaciosos de un huerto llamado Getsemaní. La primavera estaba en todo su esplendor, el aire de la noche lleno de fragancia de flores. Acostados bajo la luna y las estrellas, en un ambiente pacífico lejos del ajetreo de la ciudad, los discípulos se adormecieron rápidamente.

Jesús, sin embargo, no experimentaba semejante paz. «Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera», dice Mateo. Lo mismo escribe Marcos. Y ambos escritores mencionan sus palabras quejumbrosas a los discípulos: «Mi alma está muy triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad». Jesús había ido con frecuencia a orar solo, a veces enviando a los discípulos lejos en una barca de modo que pudiera pasar la noche a solas con el Padre. Esa noche, sin embargo, necesitaba la presencia de ellos.

Por instinto, los seres humanos necesitamos a alguien a nuestro lado en el hospital la noche antes de una operación, en el hogar de ancianos cuando la muerte se aproxima, en cualquier momento importante de crisis. Necesitamos el contacto tranquilizador de la presencia humana. La reclusión sin comunicación es el peor castigo que nuestra especie haya inventado. Encuentro en el relato de los evangelios acerca de Getsemaní una intensidad profunda de soledad que Jesús no había experimentado nunca antes.

Quizá si se hubiera incluido a mujeres en la Última Cena, Jesús no hubiera tenido que pasar esas noches solo. La madre de Jesús, llena de presentimiento, había acudido a Jerusalén; ésta es la primera mención que se hace de ella en los evangelios desde el comienzo del ministerio de su hijo. Las mismas mujeres que se quedaron junto a la cruz, envolvieron su cuerpo rígido y acudieron rápidamente al sepulcro al amanecer, sin duda que hubieran permanecido junto a Él en el huerto, hubieran sostenido su cabeza y enjugado sus lágrimas. Pero a Jesús sólo lo acompañaron amigos. Amodorrados por la comida y el vino, se durmieron mientras Jesús soportaba la prueba solo.

Cuando los discípulos le fallaron, Jesús no trató de ocultar que se sentía herido: «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?» Estas palabras sugieren algo más ominoso que la soledad. ¿Es posible que, por primera vez, no deseara estar a solas con el Padre?

Se estaba desarrollando un gran conflicto, y los evangelios describen el tormento de Jesús en una forma muy poco parecida a los relatos judíos y cristianos de martirios. «Pase de mí esta copa», suplicó. No se trataba de oraciones piadosas y formales: «estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra». ¿En qué consistía exactamente el conflicto? ¿Temor del dolor y de la muerte? Desde luego. A Jesús no le agradaba esa perspectiva más que a usted o a mí. Pero algo más estaba en juego, una nueva experiencia para Jesús que sólo se puede llamar abandono por parte de Dios. En esencia, Getsemaní describe, después de todo, el caso de una oración no respondida. La copa del sufrimiento no fue quitada.

El mundo había rechazado a Jesús: prueba de esto era el desfile a la luz de las antorchas que se aproximaba por los senderos del huerto. Pronto los discípulos lo iban a abandonar. Durante la oración, la oración angustiada que se topó con un muro de silencio, sin duda debe haber sentido como si también Dios le hubiera vuelto la cara.

John Howard Yoder conjetura acerca de lo que habría podido suceder si Dios hubiera intervenido para concederle la petición: «Pasa de mí esta copa.» Jesús no era en forma alguna impotente. Si hubiera insistido en hacer su propia voluntad y no la de su Padre, hubiera llamado a doce legiones de ángeles (setenta y dos mil) para que pelearan una Guerra Santa por Él. En Getsemaní, Jesús revivió la tentación de Satanás en el desierto. En ambos casos hubiera podido solucionar el problema del mal por la fuerza, con una rápida puñalada al tentador en el desierto o una violenta batalla en el huerto. No hubiera habido historia de la Iglesia —ni Iglesia—, se hubiera detenido toda la historia humana y hubiera concluido la era actual. Todo esto entraba dentro del poder de Jesús, si hubiera dicho una sola palabra, si hubiera pasado por alto el sacrificio personal y descartado el complicado futuro de la redención. Ningún reino se hubiera desarrollado como una semilla de mostaza; el reino hubiera más bien descendido como una granizada.

Sin embargo, como nos lo recuerda Yoder, la cruz, la «copa» que ahora parecía tan terrible, era la razón misma de la venida de Jesús a la tierra. «En la cruz está el hombre que ama a sus enemigos, el hombre cuya justicia es mayor que la de los fariseos, quien siendo rico se hizo pobre, quien dio su manto a quienes le robaron la túnica, quien ora por quienes lo utilizan en forma insultante. La cruz no es un rodeo o un obstáculo en el camino del reino, ni siquiera es el camino al reino; es el reino que ha venido.»

Después de varias horas de atormentada oración, Jesús llegó a una decisión. Su voluntad y la del Padre convergieron. «¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?» es como lo expresó luego. Despertó a sus adormecidos amigos por última vez y se dirigió decididamente, en medio de la oscuridad, hacia quienes querían matarlo.

LOS JUICIOS

En nuestro tiempo los programas de televisión y las novelas de gran éxito nos han familiarizado con el mundo, antes tan secreto de los procesos legales. Para quienes desean un mayor realismo, un canal por cable transmite en vivo los juicios criminales más horrendos y los casos de acoso sexual más sugerentes. Una y otra vez el público norteamericano ha seguido fascinado a los abogados que elaboran inteligentes defensas que consiguen que declaren inocentes a personas famosas aunque quienes lo ven por televisión saben que los acusados son tan culpables como el pecado.

En un espacio de menos de veinticuatro horas, Jesús tuvo que enfrentarse con hasta seis interrogatorios, uno de parte de los judíos y otros de los romanos. Al final, un irritado gobernador emitió el veredicto más fuerte que permitía la ley romana. Cuando uno lee las transcripciones de los juicios, lo que más llama la atención es la poca defensa de Jesús. Ni un solo testigo salió en su defensa. Ningún líder tuvo la valentía de denunciar la injusticia que se estaba cometiendo. Ni siquiera Jesús trató de defenderse. Y en ningún momento Dios el Padre dijo ni una sola palabra.

La secuencia de los juicios parece como un ejercicio de pasarse la pelota. Nadie parece querer asumir la plena responsabilidad de hacer ejecutar a Jesús, aunque todos desean hacerlo. Los estudiosos han escrito millares de palabras para definir con exactitud qué parte de la responsabilidad por la muerte de Jesús recae sobre Roma y qué parte sobre los judíos.1 En realidad, ambos grupos participaron en la decisión. Si se buscan sólo las irregularidades en los procesos, se corre el riesgo de pasar por alto el punto más importante: Jesús significaba una verdadera amenaza para los poderes establecidos en Jerusalén.

Como líder cautivante con muchos seguidores, Jesús había despertado desde hacía tiempo las sospechas de Herodes en Galilea y del Sanedrín en Jerusalén. No comprendieron la naturaleza de su reino, es cierto, pero poco antes de su arresto Jesús había de hecho utilizado la fuerza para expulsar del templo a los cambistas. Para un gobierno títere como el Sanedrín, que quería la «paz a toda costa» para sus amos romanos, un suceso como ése les causó alarma. Además, se había difundido el rumor de que Jesús afirmaba que podía destruir el templo y reedificarlo en tres días. Los líderes judíos no lograban conseguir testigos que estuvieran de acuerdo en las palabras exactas que Jesús había dicho, pero era comprensible que se alarmaran. Imagínense la reacción hoy si un árabe fuera por las calles de la ciudad de Nueva York gritando: «Volaré en pedazos el World Trade Center y lo reconstruiré en tres días.»

Para los sacerdotes y la gente piadosa, estas amenazas políticas palidecían ante los informes de las pretensiones religiosas de Jesús. Los fariseos habían palidecido ante el atrevimiento de Jesús de perdonar unilateralmente los pecados y de llamar a Dios su propio Padre. Su aparente falta de consideración por el sábado era una ofensa capital. Jesús significaba una amenaza para la ley, para el sistema de sacrificios, para el templo, para las normas de alimentación y para las muchas distinciones entre puros e impuros.

Por último, en el juicio el sumo sacerdote había apelado al solemne juramento del testimonio —«Te conjuro por el Dios viviente»— para hacer una pregunta que Jesús, como acusado, debía contestar por ley. «Que nos digas si eres tú el Cristo [el Mesías], el Hijo de Dios.» Por fin Jesús rompió su silencio: «Tú lo has dicho.»

El acusado pasó a hablar en términos elevados del Hijo del Hombre que venía en las nubes del cielo. Fue demasiado. Para un judío fiel, por poco que se quisiera ser justo, las palabras de Jesús resultaban blasfemas. «¿Qué más necesidad tenemos de testigos?» dijo el sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras.

Sólo quedaba una opción a la blasfemia y a la pena de muerte que conllevaba: que las palabras de Jesús fueran verdaderas y que en realidad fuera el Mesías. ¿Cómo podía ser? Atado, rodeado de guardas armados, la imagen misma de la impotencia, Jesús parecía la figura menos mesiánica de todo Israel.

La blasfemia, sin embargo, no tenía ninguna importancia para los romanos, quienes prefirieron mantenerse al margen de las disputas religiosas locales. De camino hacia los jueces romanos, las consecuencias de la pretensión mesiánica cambiaron de blasfemia a sedición. Después de todo, la palabra Mesías significaba rey y Roma no toleraba a ningún agitador que dijera poseer ese título.

Ante Herodes, el mismo gobernante que había hecho decapitar a Juan el Bautista y que había deseado desde hacía tiempo examinar a Jesús en persona, Jesús mantuvo un silencio tranquilo. Sólo Pilato consiguió que confesara. «¿Eres tú el Rey de los judíos?» preguntó Pilato. Una vez más Jesús, con las manos atadas a la espalda, el rostro hinchado por la falta de descanso, con las huellas de las manos de los soldados en las mejillas, respondió sencillamente: «Tú lo dices.»

Muchas veces antes Jesús había desaprovechado la ocasión de decir quién era. Cuando personas que eran sanadas, discípulos e incluso demonios lo habían reconocido como Mesías, los había hecho callar. En su época de popularidad, cuando las multitudes lo perseguían por el lago como fanáticos que acosan a un personaje famoso, había huido. Cuando estos perseguidores lo alcanzaron, ansiosos de coronarlo de inmediato, les predicó un sermón tan perturbador que casi todos lo abandonaron.

Sólo ese día, primero ante las autoridades religiosas y luego ante las políticas, sólo cuando su pretensión iba a parecer el colmo de lo absurdo, admitió quién era. «El Hijo de Dios», dijo a los poderes religiosos que lo tenían en sus manos. «Rey», dijo al gobernador romano, quien debe haberse reído mucho. Un ejemplar lamentable, que probablemente le recordaba a Pilato a un loco romano que había declarado ser César.

Frágil, rechazado, condenado, totalmente solo; entonces pensó Jesús que era seguro revelarse y aceptar el título de «Cristo». Como comenta Karl Barth: «No confiesa su mesianidad sino en el momento en que ya ha sido superado el peligro de fundar una religión.»

Esa idea era una ofensa, diría más tarde Pablo. Piedra de tropiezo, la clase de piedra que se descarta por inservible, un fastidio en el lugar donde se construye. Pero esa piedra puede significar, con la clase de poder que Dios tiene, la piedra angular de un nuevo reino.

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