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Cuando la vida duele (1)

Hola amigos,

Uno de mis autores favorito es Philip Yancey, he encontrado un artículo de él sobre el dolor, que presentaré a ustedes en partes.

Dios los bendiga,

Andrés Carrera

CUANDO LA VIDA DUELE (1)

Philip Yancey

Claro está que el dolor físico es solo la última capa de lo que llamamos sufrimiento. La muerte, las enfermedades, los terremotos, los tornados y todos los desastres, despiertan preguntas acerca de la participación de Dios en la tierra. Una cosa es decir que Él hizo originalmente el dolor como una advertencia efectiva para nosotros, pero ¿qué con relación al mundo?

¿Puede Dios estar satisfecho con la feroz maldad humana, los desastres naturales y las enfermedades mortales de los niños?

¿Por qué no actúa con toda su capacidad, y le pone fin a algunas de las peores formas de sufrimiento? ¿Es tan poderoso? ¿Dios tiene la capacidad de reorganizar el universo de manera que alivie nuestro sufrimiento? Un famoso filósofo, planteó el problema del sufrimiento de la siguiente manera:

“O Dios es todopoderoso o es todo amor. No puede ser ambos y permitir el dolor y el sufrimiento”. Esta manera de pensar lleva a la conclusión de que Dios es bueno, nos ama y detesta vernos sufrir, pero, desafortunadamente, tiene las manos atadas. Sencillamente, no es bastante poderoso como para resolver los problemas de este mundo.

No es esto lo que la Biblia enseña. Vayamos a ese libro del Antiguo Testamento que narra la historia del hombre que sufrió en gran manera. Con Job, Dios pone una plataforma perfecta para discutir su falta de poder, si es que, verdaderamente, ese fuera el problema. Con seguridad, Job hubiera recibido con agrado estas palabras de Dios: “Job, lamento mucho lo que te pasa. Espero que te des cuenta que yo no puedo hacer nada con el giro que han tomado las cosas. Me gustaría poder ayudarte, pero, realmente, no puedo”.

Otras partes de la Biblia me convencieron de que deberíamos enfocar el tema del dolor como una cuestión de tiempo, no de poderío. Tenemos infinidad de indicaciones de que Dios no está conforme con el estado actual del mundo, como tampoco, seguramente, lo estemos nosotros. Pero Él tiene planeado hacer algo, un día.

A través de los profetas, de la vida de Jesús y del Nuevo Testamento, se traza el tema de la esperanza de aquel gran día, cuando haya nuevos cielos y nueva tierra para reemplazar los actuales.

El apóstol Pablo lo dice de la siguiente manera: “Considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada. Porque el anhelo profundo de la creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios… Pues sabemos que la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:18-19, 22).

A veces, por vivir en esta creación “gimiente”, no podemos dejar de sentirnos como el pobre viejo Job, que se rascaba las llagas con un trozo de vasija rota y se preguntaba por qué Dios lo dejaba sufrir tanto. Como a Job, a nosotros se nos pide que confiemos en Dios aun cuando todas las evidencias parecieran estar en contra nuestra. Se nos pide que creamos que Dios controla el universo y que Él tiene preparado un mundo mejor; un mundo sin dolor, sin maldad y sin desilusiones.

Como a Job, a nosotros se nos pide que confiemos en Dios, aun cuando todas las evidencias parecieran estar en contra nuestra.

Cuando parece que Dios es injusto “¿Por qué a mí?”, nos preguntamos casi instintivamente, cuando nos enfrentamos a una gran tragedia.

Observa con atención estas preguntas y detectarás un hilo que las une.

Dos mil automóviles iban por la autopista bajo la lluvia. ¿Por qué el mío patinó hasta el puente?

De todos los niños que van a la escuela, ¿por qué el disparo de un loco alcanzó a mi hijo?

Un raro cáncer afecta a una de cada cien personas. ¿Por qué tuvo que contarse mi padre entre esas víctimas?

Cada una de estas preguntas supone que Dios, en cierta medida, es responsable, que Él directamente causa el dolor. Sí, en efecto, Él es plenamente capaz y todopoderoso. Entonces, ¿no significa que controla todos los detalles de nuestra vida? ¿Dios selecciona personalmente qué auto se va a cruzar en la autopista? ¿Él dirige al tirador hacia la víctima? ¿Dios elige a una persona al azar, la saca de la guía telefónica?

Muy pocos podemos evitar tener estos pensamientos cuando nos golpea el dolor. Inmediatamente, empezamos a buscar en nuestra conciencia algún pecado por el cual Dios nos está castigando: “¿Qué es lo que Dios quiere decirme a través de mi sufrimiento?” Y si no encontramos algo definido, empezamos a cuestionar la justicia de Dios: “¿Por qué estoy sufriendo más que mi vecino que es un perfecto idiota?”

La gente que está sufriendo, y que he entrevistado, se atormenta con estas inquietudes. Mientras yacen en cama, se preguntan acerca de Dios. Con frecuencia, creyentes con buenas intenciones, los hacen sentirse peor. Inquieren: “algo habrás hecho para merecer esto, o no has orado lo suficiente”. Y llegan a la sala del hospital sintiéndose culpables y frustrados.