Blog

Cuando la vida duele (3)

En esta sección veremos cómo el dolor podría ser la manera de Dios de alertarnos respecto a que:

  1. Algo anda mal en el mundo.
  2. Algo anda mal con las criaturas de Dios.
  3. Algo anda mal en mí.

Cualquiera de estos problemas podría ser la razón del dolor en nuestras vidas.

Examinemos cada uno de los posibles diagnósticos.

Dios los bendiga,

Andrés

Por: Philip Yancey

ALGO ANDA MAL EN EL MUNDO

La triste condición de nuestro planeta indica que algo ha salido terriblemente mal. El sufrimiento que experimentamos y la angustia que percibimos en los demás indica que el sufrimiento no discrimina raza, condición social, religión ni moralidad. Puede parecer cruel, fortuito, sin propósito ni fin determinado, grotesco y totalmente fuera de control. A las personas, que tratan de ser buenas les suceden cosas malas, y a los que disfrutan la maldad les suceden cosas buenas. La aparente injusticia de ello nos ha impactado a casi todos nosotros. Recuerdo cuando mi abuela estaba muriendo de cáncer. Mis abuelos se mudaron a mi casa. Mi madre, enfermera de profesión, la cuidó en sus últimos meses. Mamá le daba los calmantes. Mi abuelo deseaba desesperadamente que se curase. Finalmente llegó el día en que una carroza fúnebre se llevó su cuerpo frágil y enflaquecido. Sé que mi abuela está en el cielo, pero con todo, me dolió. Detesté el cáncer entonces, y todavía lo detesto.

Mientras estoy aquí sentado pensando en todo el sufrimiento que han experimentado mis amigos, compañeros de trabajo, parientes, vecinos y hermanos en la fe, casi no puedo creer lo larga que es la lista, y eso que no está completa. Estas personas han sufrido mucho sin que aparentemente hayan tenido la culpa de ese sufrimiento: un accidente, un defecto congénito, un desorden genético, un aborto involuntario, un padre abusivo, dolor crónico, un hijo rebelde, una enfermedad grave o accidental, la muerte de un cónyuge o de un hijo, una relación rota, un desastre natural. Simplemente no parece justo. De vez en cuando me siento tentado a dejarme dominar por la frustración. ¿Cómo podemos resolver esto? ¿Cómo vivir con las crueles verdades de la vida sin negar la realidad ni ser vencido por la desesperación? ¿No pudo Dios haber creado un mundo en el que nada saliese mal? ¿No pudo haber hecho un mundo en donde la gente no tuviese nunca la capacidad de tomar malas decisiones ni de herir a otro? ¿No pudo haber creado un mundo donde los mosquitos, la mala hierba y el cáncer no existiesen? Sí pudo, pero no lo hizo. El gran regalo de la libertad humana que Dios nos ha hecho, la capacidad de escoger, lleva consigo el riesgo de tomar malas decisiones. La Biblia le sigue la pista a la entrada del sufrimiento y del mal en el mundo hasta llegar a una terrible cualidad humana: la libertad.

Si usted pudiese escoger entre ser una criatura con libertad de pensamiento y un robot en un mundo sin dolor, ¿cuál preferiría? ¿Cuál clase de ser glorificaría más a Dios? ¿Qué tipo de criatura lo amaría más? Nosotros pudimos haber sido creados para ser como la graciosa muñequita de pilas que dice: “Te quiero” cuando la abrazan. Pero Dios tenía otros planes Corrió el «riesgo» de crear seres que pudiesen hacer lo inconcebible: rebelarse contra su Creador. ¿Qué sucedió en el paraíso?

La tentación, las malas decisiones y las trágicas consecuencias destruyeron la tranquilidad de la existencia de Adán y Eva. Génesis 2 y 3 explican minuciosamente cómo Satanás probó el amor de ellos por el Señor… y fracasaron. En términos bíblicos, ese fracaso se llama pecado. Y de la misma manera en que el virus del SIDA infecta un cuerpo, destruye el sistema inmunológico y conduce a la muerte, asimismo el pecado se propaga como una infección mortal que pasa de una generación a otra. Cada nueva generación hereda los efectos del pecado y el deseo de pecar (Ro. 1:18-32; 5:12, 15, 18). “Dios nos susurra en nuestros placeres y habla a nuestras conciencias, pero grita en nuestro dolor: es el megáfono que usa para despertar a un mundo sordo”. -C. S. Lewis

No sólo tuvo la entrada del pecado en el mundo efectos devastadores sobre la naturaleza de los seres humanos, sino que también provocó el juicio inmediato y continuo de Dios. Génesis 3 relata cómo la muerte física y espiritual se hicieron parte de la existencia humana (vv.3, 19), los partos se hicieron dolorosos (v.16), la tierra fue maldita con cardos que harían difícil el trabajo del hombre (vv.17-19), y Adán y Eva fueron echados del jardín especial donde habían disfrutado de una íntima comunión con Dios (vv.23, 24).

En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo describió toda la creación de Dios gimiendo y esperando anhelante el momento en que será liberada de la maldición de degeneración y hecha de nuevo, libre de los efectos del pecado (Ro. 8:19-22). La enfermedad, los desastres y la corrupción son síntomas de un problema mayor: la raza humana se ha rebelado contra el Creador. Toda tristeza, aflicción y agonía son vívidos recordatorios de nuestra difícil condición humana. Al igual que un letrero de neón gigante, la realidad del sufrimiento comunica a gritos el mensaje de que el mundo no es hoy aquello para lo que Dios lo creó. Por tanto, la primera y más básica respuesta al problema de la existencia del sufrimiento es que es el resultado directo de la entrada del pecado en el mundo. El dolor nos pone sobre aviso de que una enfermedad espiritual está arruinando nuestro planeta. Muchas veces, nuestros problemas pueden ser meramente los efectos secundarios de vivir en un mundo caído, sin que tengamos directamente la culpa de ello.

ALGO ANDA MAL CON LAS CRIATURAS DE DIOS.

Podemos ser el blanco de actos crueles de otras personas o del ejército rebelde de Satanás. Tanto los seres humanos caídos como los espíritus caídos (ángeles que se han rebelado) tienen la capacidad de tomar decisiones que los perjudican a ellos y a otros. Las personas pueden causar sufrimiento.

Como criaturas libres (e infectadas por el pecado), las personas han tomado y seguirán tomando malas decisiones en la vida. Esas malas decisiones muchas veces afectan a otras personas.

Por ejemplo, Caín, uno de los hijos de Adán, tomó la decisión de matar a su hermano Abel (Gn. 4:7, 8). Lamec se jactaba de su violencia (vv.23, 24). Sarai maltrató a Agar (Gn. 16:1-6). Labán estafó a su sobrino Jacob (Gn. 29:15-30). Los hermanos de José lo vendieron como esclavo (Gn. 37:12-36), y luego la esposa de Potifar lo acusó falsamente de intentar violarla, por lo cual lo metieron en la cárcel (Gn. 39). Faraón trató con mucha crueldad a los esclavos judíos (Éx. 1). El rey Herodes asesinó a todos los bebés que vivían en Belén y sus alrededores en un intento de matar a Jesús (Mt. 2:16-18).

El dolor que otros nos infligen puede ser por egoísmo de su parte. O puede que usted sea el blanco de persecución debido a su fe en Cristo. A lo largo de la historia, las personas que se han identificado con el Señor han sufrido en manos de aquellos que se rebelan contra Dios.

Antes de su conversión, Saulo era un rabino anticristiano que hizo todo lo posible para hacerles la vida imposible a los creyentes, llegando incluso a cooperar para matarlos (Hch.

7:54- 8:3). Pero después de su dramática conversión al Señor Jesús, soportó valientemente todo tipo de persecución al proclamar osadamente el mensaje del evangelio (2 Co. 4:7-12; 6:1-10). Hasta pudo decir que el sufrimiento que soportó lo ayudó a ser más semejante a Cristo (Fil. 3:10).

Satanás y los demonios también pueden causar sufrimiento. La historia de la vida de Job es un vivo ejemplo de cómo una persona buena puede sufrir una tragedia increíble debido a un ataque satánico. Dios permitió a Satanás que tomase las posesiones, la familia y la salud de Job (Job 1-2).

Me estremezco al escribir la oración anterior. De alguna manera, y por sus propias razones, Dios permitió a Satanás desolar la vida de Job. Podríamos inclinarnos a comparar lo que Dios hizo con Job con un padre que permite al abusador del vecindario darle una paliza a sus hijos sólo para ver si siguen queriendo a papá después de la misma. Sin embargo, tal como concluyera Job, esa no es una evaluación justa de nuestro sabio y amoroso Dios. Nosotros sabemos, aunque Job no lo sabía, que su vida fue ejemplo de una prueba, un testimonio vivo de la confiabilidad de Dios. Job ilustró que una persona puede confiar en Dios y mantener su integridad aun cuando la vida se desmorone (por la razón que sea), porque Dios es digno de confianza. Al final, Job aprendió que, aunque no comprendía el propósito de Dios, tenía muchas razones para creer que Dios no estaba siendo injusto, ni cruel, ni sádico al permitir que su vida fuese destruida (Job 42). El apóstol Pablo padecía de un problema físico que atribuía a Satanás. Lo llamaba «aguijón en la carne… mensajero de Satanás que me abofetee» (2 Co. 12:7). Pablo oró para ser liberado del problema, pero Dios no se lo concedió.

En vez de ello lo ayudó a ver cómo esa dificultad podía tener un buen propósito. Hacía a Pablo depender humildemente de Dios y lo colocaba en una posición que le permitió experimentar Su gracia (vv.8-10)…. ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?…Job 2:10

Aunque la mayoría de las enfermedades no se pueden atribuir directamente a Satanás, los evangelios sí registran unos cuantos ejemplos de sufrimiento atribuidos a él, incluyendo un ciego y un mudo (Mt. 12:22) y un muchacho lunático (17:14-18).

ALGO ANDA MAL EN MÍ.

Muchas veces, cuando algo anda mal en nuestras vidas, concluimos rápidamente que Dios nos está castigando por algún pecado. Eso no es necesariamente cierto. Como indicamos antes, gran parte de nuestro sufrimiento se debe a que vivimos en un mundo imperfecto habitado por personas imperfectas y espíritus rebeldes.

Los amigos de Job creyeron erróneamente que él estaba sufriendo por algún pecado que había en su vida (Job 4:7,8; 8:1- 6; 22:4,5; 36:17). Los propios discípulos de Jesús llegaron a una conclusión equivocada cuando vieron al hombre ciego. Se preguntaron si el problema visual de aquel hombre se debía a un pecado personal o a algo que sus padres habían hecho (Jn. 9:1, 2). Jesús les dijo que el problema físico de dicho hombre no estaba relacionado con su pecado personal ni con el pecado de sus padres (v.3).