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Cuando la vida duele (4)

Con estas precauciones en mente necesitamos lidiar con la dura verdad de que hay sufrimientos que sí son una consecuencia directa del pecado, ya se trate de una disciplina correctiva de parte de Dios hacia los que ama, o de un acto punitivo de Dios a los rebeldes del universo.

CORRECCIÓN.-

Si usted y yo hemos depositado nuestra confianza en Cristo como Salvador somos hijos de Dios. Como tales, somos parte de una familia cuya cabeza es un Padre amoroso que nos entrena y nos corrige. Dios no es un padre abusivo y sádico que asesta golpes severos porque obtiene de ello algún placer perverso. Hebreos 12 afirma: … Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad (He. 12: 5, 6, 9, 10).

Y a la iglesia de Laodicea Jesús le dijo: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete» (Ap. 3:19). El rey David sabía lo que era experimentar el amor

firme del Señor. Después de su adulterio con Betsabé y de confabular para que matasen a su esposo en la batalla, David no se arrepintió hasta que el profeta Natán lo confrontó. El Salmo 51 recuenta la lucha de David con la culpa y su clamor por perdón. En otro salmo, David reflexionó en los efectos de tapar e ignorar el pecado. Escribió: «Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano…» (Sal. 32:3,4).

En 1 Corintios 11:27-32, el apóstol Pablo advirtió a los creyentes que tratar con ligereza las cosas del Señor -como participar de la Santa Cena sin tomarla en serio- acarrea disciplina. Pablo explicó que esta disciplina del Señor tenía un propósito. Dijo: «Mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo» (v.32). La mayoría de nosotros comprende el principio de que Dios, al que ama disciplina. Es de esperar que un padre amoroso nos corrija y nos llame a renovar nuestra obediencia a Él.

JUICIO.-

Dios también actúa para lidiar con los incrédulos obstinados que persisten en hacer el mal. Una persona que no haya recibido de Dios el regalo de la salvación, puede esperar ser objeto de la ira de Dios en el día del juicio futuro y el peligro de un juicio severo ahora si Dios así lo decide.

… Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina… Hebreos 12:5,6

El Señor produjo el diluvio para destruir a la decadente humanidad (Gn. 6). Destruyó a Sodoma y Gomorra (Gn. 18-19), envió plagas a los egipcios (Éx. 7-12), mandó a Israel a destruir completamente a los paganos que habitaban la Tierra Prometida (Dt. 7:1-3), mató al arrogante rey Herodes del Nuevo Testamento (Hch. 12:19-23), y en el día del juicio futuro repartirá justicia perfecta a los que rechacen su amor y autoridad (2 P. 2:4-9).

Sin embargo, aquí y ahora enfrentamos desigualdades. Por razones sapientísimas que sólo Él conoce, Dios ha optado por retrasar su justicia perfecta. Asaf, autor de algunos salmos, luchaba con esta aparente injusticia de la vida. Escribió acerca de los malvados que hacían lo malo sin ser castigados, incluso prosperaban, mientras que muchos justos tenían problemas (Sal. 73). Respecto a la prosperidad de los malvados dijo: «Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos» (vv.16, 17). Asaf pudo volver a ver las cosas desde la perspectiva correcta cuando meditó en el soberano Señor del universo.

Cuando luchemos con la realidad de que los malvados están literalmente cometiendo asesinatos impunemente y toda clase de inmoralidad, necesitamos recordar que «el Señor… es paciente para con todos, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 P. 3:9).

Entonces, la primera parte de la respuesta al problema del sufrimiento es que Dios lo utiliza para alertarnos frente a graves problemas. El dolor suena la alarma que indica que algo anda mal en el mundo, en la humanidad en general, en ti y en mí. Pero como veremos en la próxima sección, Dios no sólo avisa que hay problemas, sino que también los usa para exhortarnos a encontrar las soluciones: en Él.

Muchas veces, cuando una persona se aleja de Dios le echa la culpa al sufrimiento. Pero por extraño que parezca, también es el sufrimiento lo que da una nueva dirección a otras personas, las ayuda a ver la vida más claramente, y hace que su relación con Dios sea más estrecha. ¿Cómo pueden circunstancias similares tener efectos tan radicalmente diferentes? Las razones se hallan profundamente arraigadas en las personas, no en los acontecimientos. Un líder muy conocido y franco de los medios de comunicación dijo públicamente que el cristianismo era «una religión para perdedores». Pero no siempre pensó así. De joven estudió la Biblia y asistió a un colegio cristiano. Hablando en tono jocoso del fuerte adoctrinamiento que recibió dijo: «Creo que fui salvo unas siete u ocho veces.» Pero entonces, una dolorosa experiencia cambió su perspectiva de la vida y de Dios. Su hermana menor enfermó gravemente. Él oró para que se sanara, pero después de cinco años de sufrimiento, murió. Se desilusionó de un Dios que permitió que aquello pasara. Declaró: «Comencé a perder mi fe, y mientras más la perdía, mejor me sentía.»

¿Cuál es la diferencia entre una persona como Él y una como Joni Eareckson Tada? En su libro Where Is God When It Hurts? (¿Dónde está Dios cuando se sufre?), Philip Yancey describe la transformación gradual que se produjo en la actitud de Joni en los años posteriores a la parálisis que le produjo una zambullida en un lago poco profundo. «Al principio, para Joni era imposible reconciliar su condición con su creencia en un Dios de amor…. Fue muy gradualmente que se volvió a Dios. Después de más de tres años de llanto y duro cuestionamiento, su actitud fue cambiando poco a poco de amargura a confianza» (pp. 133,134). … Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad…2 Corintios 12:9

Una noche que fue a verla Cindy, una amiga cercana, se produjo un momento crucial cuando le dijo: «Joni, no eres la única. Jesús sabe cómo te sientes, pues Él también estuvo paralizado.» Cindy describió cómo Jesús estuvo clavado en la cruz, paralizado por los clavos. Yancey observa: «El pensamiento intrigó a Joni, y por un momento, dejó de pensar en su propio dolor. Nunca se le había ocurrido que Dios pudiese experimentar las mismas sensaciones desgarradoras que agobiaban su cuerpo en aquel momento. Darse cuenta de ello la consoló profundamente» (p. 134).

En lugar de seguir buscando la razón por la que sucedió aquel accidente devastador, Joni se ha visto obligada a depender más del Señor y a mirar la vida desde una perspectiva a largo plazo. El autor Yancey dice además de Joni: «Luchó con Dios, sí, pero no se alejó de Él … Joni ahora se refiere a su accidente como a un “glorioso intruso”, y afirma que fue lo mejor que le pudo suceder. Dios lo usó para llamar su atención y dirigir sus pensamientos hacia Él» (pp. 137,138).

Este principio de que el sufrimiento puede producir una dependencia saludable de Dios lo enseñó el apóstol Pablo en una de sus cartas a la iglesia de Corinto. Escribió: Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos (2 Corintios 1:8,9).

Encontramos una idea similar en los comentarios de Pablo acerca de sus problemas físicos. El Señor le dijo: «… Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad…» (2 Co. 12:9). Luego Pablo agregó: «Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (v.10).

El sufrimiento muestra lo débiles que son realmente nuestros recursos. Nos obliga a pensar de nuevo en nuestras prioridades, valores, metas, sueños, placeres, la fuente de nuestra verdadera fortaleza, y nuestras relaciones con la gente y con Dios. También lleva nuestra atención a las realidades espirituales, si es que no nos alejamos de Dios. El sufrimiento nos obliga a evaluar la dirección de nuestras vidas. Podemos optar por desesperarnos centrándonos en nuestros problemas presentes, o podemos optar por la esperanza, reconociendo el plan a largo plazo de Dios para nosotros (Ro. 5:5; 8:18,28; He. 11).

De todos los pasajes bíblicos, Hebreos 11 es el que más nos asegura que, aunque la vida sea magnífica u horrorosa, mi respuesta debe estar llena de fe en la sabiduría, el poder y el control de Dios. Independientemente de lo que suceda, tengo buenas razones para confiar en Él, de la misma forma en que los grandes hombres y mujeres de antaño esperaron en Él. Por ejemplo, Hebreos 11 nos recuerda a Noé, un hombre que pasó 120 años esperando que Dios cumpliese su promesa de producir un diluvio devastador (Gn. 6:3). Abraham esperó muchos años agonizantes antes de que naciese el hijo que Dios le había prometido. José fue vendido como esclavo y encarcelado erróneamente, pero al final vio cómo Dios usó todo el mal que aparentemente había en su vida para un buen propósito (Gn. 50:20). Moisés esperó hasta la edad de ochenta años a que Dios lo usara para liberar a los judíos de los egipcios. Y aun entonces, conducir a aquel pueblo de poca fe fue una batalla (léase Éxodo). Hebreos 11 menciona personas como Gedeón, Sansón, David y Samuel que fueron testigos de grandes victorias al vivir para el Señor. Sin embargo, en medio del versículo 35, el tono cambia. De repente nos encontramos con personas que tuvieron que pasar por un sufrimiento increíble, personas que murieron sin saber por qué Dios permitió esas tragedias en sus vidas. Esas personas fueron torturadas, escarnecidas, azotadas, lapidadas, aserradas, muertas a espada, maltratadas y obligadas a vivir como parias (vv.35-38). Dios había planeado que fuese en la eternidad donde se recompensara la fidelidad de ellos en medio de aquellas dificultades (vv.39,40).

El dolor nos obliga a ver más allá de nuestras circunstancias inmediatas. El sufrimiento nos lleva a hacer grandes preguntas como: «¿Por qué estoy aquí?» y «¿Cuál es el propósito de mi vida?» Al hacer esas preguntas y hallar las respuestas en el Dios de la Biblia, encontraremos la estabilidad que necesitamos para sobrellevar hasta lo peor que la vida pueda darnos, porque sabemos que esta vida presente no es todo. Si sabemos que un Dios soberano supervisa toda la historia humana y la teje para formar un hermoso tapiz que a la larga lo glorificará, entonces podemos ver las cosas desde una perspectiva mejor. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Hebreos 11:1

En Romanos 8:18, el apóstol Pablo escribió: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de  manifestarse.» Pablo no estaba tratando nuestros problemas con ligereza, sino diciendo a los creyentes que viesen sus problemas presentes a la luz de la eternidad. Nuestros problemas pueden ser verdaderamente graves, incluso abrumadores. Pero Pablo dice que cuando los comparamos con las glorias increíbles que esperan a los que aman a Dios, hasta las circunstancias más negras y gravosas de la vida se desvanecen. Tenemos que detenernos a mirar un ejemplo más, tal vez el más significativo que se pueda considerar. El día que Cristo pendió de la cruz se conoce hoy como Viernes Santo. En aquel tiempo, fue cualquier cosa menos un día «santo» ni bueno. Fue un día de intenso sufrimiento, angustia, tiniebla y desaliento. Fue un día en que Dios pareció estar ausente, silente, cuando el mal pareció triunfar sobre el bien, y las esperanzas se desvanecieron. Pero luego vino el domingo. Jesús resucitó de la tumba. Aquel impresionante acontecimiento colocó al viernes bajo una luz diferente. La resurrección dio un significado completamente nuevo a lo que sucedió en la cruz. En lugar de ser un momento de derrota, se convirtió en un día de triunfo. Nosotros también podemos mirar al futuro. Podemos soportar nuestros tenebrosos «viernes» y verlos como «santos» porque servimos al Dios del domingo.

Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Yavé su Dios, el cual hizo los cielos y la Tierra, el mar y todo lo que en ellos hay….Salmo 146:5,6

Por tanto, cuando lleguen los problemas, y llegarán, recuerda esto: Dios usa esas situaciones para dirigirnos a Él y a una perspectiva más amplia de la vida. Nos llama a confiar y a tener esperanza.