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Cuando La Vida Duele (6)

El dolor y el sufrimiento parecen tener la habilidad especial de mostrarnos cuánto nos necesitamos los unos a los otros. Nuestras luchas nos recuerdan lo frágiles que somos realmente. Incluso la debilidad de los demás puede sostenernos cuando nuestra propia fortaleza se agota.

Esta verdad se hace muy real cada vez que me reúno con un pequeño grupo de amigos de la iglesia para orar y tener comunión. En esos momentos que pasamos juntos regularmente, compartimos nuestras cargas por un hijo enfermo, la pérdida de un empleo, tensiones en el trabajo, un hijo rebelde, la pérdida de un embarazo, hostilidad entre miembros de una familia, depresión, tensiones de la vida diaria, un pariente que no es salvo, decisiones difíciles, delitos en el vecindario, batallas con el pecado y mucho más. Muchas veces al final de esas reuniones he alabado al Señor por el aliento que hemos recibido los unos de los otros. Nos hemos acercado más y nos hemos fortalecido al enfrentar juntos las luchas de la vida.

Estas experiencias personales a la luz de las Escrituras me recuerdan dos verdades clave:

  1. El sufrimiento nos ayuda a ver que necesitamos a otros creyentes.
  2. El sufrimiento nos ayuda a satisfacer las necesidades de los demás a medida que dejamos que Cristo viva a través de nosotros.

Echemos un vistazo a cada una de las maneras en que Dios usa el dolor y el sufrimiento con el propósito de unirnos con otros creyentes en Cristo.

Al describir la unidad de todos los creyentes en Cristo, el apóstol Pablo usó la analogía del cuerpo humano (1 Co. 12). Dijo que nos necesitamos unos a otros para funcionar adecuadamente. Pablo describió la situación así: «De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (vv.26, 27).

En resumen, no existe una cura mágica para una persona que sufre. Básicamente esa persona necesita amor, porque el amor detecta instintivamente lo que se necesita.

En su carta a los efesios, Pablo dijo de Cristo: «De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Ef. 4:16). Cuando empecemos a reconocer todo lo que los otros creyentes tienen que ofrecernos, nos daremos cuenta de lo mucho que podemos ganar acercándonos a ellos cuando pasamos por un momento difícil. Cuando los problemas parecen agotar nuestra fortaleza, podemos descansar en otros creyentes para que nos ayuden a renovar esa fortaleza en el poder del Señor. 2. El sufrimiento nos ayuda a satisfacer las necesidades de los demás a medida que dejamos que Cristo viva a través de nosotros.

En 2 Corintios 1, el apóstol Pablo escribió: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios» (vv.3, 4).

Como vimos en la sección anterior, nos necesitamos mutuamente porque tenemos algo valioso que ofrecernos los unos a los otros. Tenemos entendimiento y sabiduría espirituales que hemos adquirido en las diferentes pruebas por las que hemos pasado. Conocemos el valor de la presencia personal de alguien amoroso. Cuando experimentamos el consuelo de Dios en una situación angustiosa, tenemos entonces la capacidad de identificarnos con las personas que pasan por situaciones similares. Mientras me preparaba para escribir este librito, leí acerca de experiencias de personas que han sufrido mucho, y hablé con otros que también conocían el dolor. Investigué para averiguar quién los había ayudado más en sus momentos de angustia. La respuesta, una y otra vez, fue esta: otra persona que había pasado por algo similar. Esa persona puede sentir empatía más plenamente, y sus comentarios reflejan un entendimiento que procede de la experiencia. A alguien que tiene una carga pesada le suena superficial y condescendiente escuchar a otro decir: «Entiendo por lo que estás pasando», a menos que esa persona haya pasado por lo mismo. Aunque los mejores consoladores son aquellos que han atravesado por situaciones similares y han crecido espiritualmente a través de ellas, eso no significa que el resto de nosotros esté libre de responsabilidades. Todos tenemos la responsabilidad de hacer lo que esté a nuestro alcance para mostrar empatía, tratar de entender y de consolar. Gálatas 6:2 nos dice: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» Y Romanos 12:15 afirma: «Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.» El doctor Paul Brand, experto en la enfermedad de la lepra, escribió: «Cuando el sufrimiento asesta un golpe, los que estamos cerca nos quedamos aturdidos por el impacto. Luchamos contra el nudo que se nos hace en la garganta, vamos resueltamente al hospital de visita, susurramos unas cuantas palabras de ánimo, tal vez buscamos artículos sobre qué decir al que sufre.

Pero cuando pregunto a los pacientes: “¿Quién te ayudó en tu sufrimiento?”, escucho una respuesta extraña e imprecisa. La persona que describen raras veces tiene respuestas suaves, una personalidad atractiva y efervescente. Por lo general es tranquila, comprensiva, que escucha más de lo que habla, que no juzga ni da mucho consejo. “Una sensación de presencia”. “Alguien que está presente cuando lo necesito.” Una mano que asir, un abrazo comprensivo y de perplejidad. Un nudo en la garganta compartido» (Fearfully and Wonderfully Made, pp. 203, 204.) [Hay traducción al castellano con el título La obra maestra de Dios. Nota del traductor.]

Dios nos hizo para depender los unos de los otros. Tenemos mucho que ofrecer a los que sufren, y los demás tienen mucho que ofrecer a los que tenemos problemas. Cuando desarrollemos esa unidad, experimentaremos un consuelo mayor cuando reconozcamos que Dios usa el sufrimiento para alertarnos respecto al problema del pecado, usa la dificultad para dirigirnos a Él, y puede usar hasta los problemas para hacernos más semejantes a Cristo. ¿Cómo puede usted ayudar?

Ahora mismo puede que esté abrumado por el dolor. El sólo pensar en tratar de ayudar a otro puede parecer imposible. Sin embargo, a medida que reciba el consuelo de Dios estará preparado para consolar (2 Co. 1). De hecho, acercarse a otros para ayudarlos puede ser una parte importante del proceso de su propia curación emocional.

O tal vez ha leído este librito con la esperanza de ayudar mejor a un amigo o ser querido que sufre. Las sugerencias que se hacen en esta sección están diseñadas para usted también. Ayudar a otros es arriesgado. Nuestra ayuda puede no siempre ser bienvenida. Es posible que a veces digamos cosas erradas, pero debemos tratar de ayudar. La parábola de Jesús del buen samaritano (Lc. 10:25-37) nos recuerda que somos responsables de ayudar a las personas que sufren que encontramos en nuestro camino.

He aquí algunas sugerencias:

  • No espere a que otra persona actúe primero.
  • Esté presente físicamente con el que sufre, si es posible, y tóquele la mano o abrácelo propiamente.
  • Concéntrese en las necesidades de los que sufren y no en su propia incomodidad por no tener las respuestas adecuadas.
  • Permítales expresar sus sentimientos.
  • No censure sus emociones.
  • Entérese del problema.
  • No finja que usted nunca sufre.
  • Sea breve.
  • Evite decir cosas como: «No deberías sentirte así» o «Ya sabes lo que tienes que hacer.»
  • Asegúreles que va a orar por ellos.
  • ¡Ore! Pídale a Dios que lo ayude a usted y a los que sufren.
  • Manténgase en contacto.
  • Ayúdelos a deshacerse de una falsa culpa asegurándoles que el sufrimiento y el pecado no son gemelos inseparables.
  • Ayúdelos a encontrar perdón en Cristo si sufren a causa de un pecado.
  • Exhórtelas a que recuerden la fidelidad de Dios en el pasado.
  • Concéntrese en el ejemplo de Cristo y en su ayuda.
  • Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. -Romanos 12:15
  • Recuérdelos que Dios nos ama y cuida de nosotros, además de tener el control de todo.
  • Exhórtelos a que vivan un día a la vez.
  • Exhórtelos a buscar la ayuda que necesitan (amigos, familiares, pastor).
  • Ayúdelos a darse cuenta de que toma tiempo salir adelante con los problemas.
  • Recuérdeles el amor pastoral de Dios (Sal. 23).
  • Recuérdeles que Dios tiene control de todo el universo.
  • No ignore sus problemas.
  • No trate de ser artificial intentando «subirles el ánimo».
  • Sea auténtico.
  • Muéstreles el amor que quisiera que otra persona le mostrase a usted en la misma situación.
  • Sepa escuchar.
  • Deles tiempo para sanar. No apresure el proceso.

Mejor que respuestas clamamos por respuestas completas. Dios se ofrece a Sí mismo en lugar de ellas. Y eso es suficiente. Si sabemos que podemos confiar en Él, no necesitamos explicaciones completas. Es suficiente saber que nuestro dolor y sufrimiento no carecen de sentido. Es suficiente saber que Dios sigue gobernando el universo y que sí se preocupa por nosotros individualmente. La mayor evidencia de la preocupación de Dios por nosotros se puede hallar en Jesucristo. Dios amó a nuestro afligido mundo de tal manera que envió a su Hijo a agonizar y a morir por nosotros, para liberarnos de ser sentenciados a una tristeza eterna (Jn. 3:16-18). Gracias a Jesús, podemos evitar el peor de todos los dolores: el dolor de la separación de Dios… para siempre. Y gracias a Cristo podemos sobrellevar hasta la peor de las tragedias en el presente debido a la fortaleza que Él pone en nosotros y a la esperanza que pone delante de nosotros. Clamamos por respuestas completas.

Dios se ofrece a Sí mismo en lugar de ellas.

El primer paso para salir adelante de manera realista con el sufrimiento es reconocer que sus raíces están en el problema universal del pecado. ¿Ha reconocido cuánto sufrió Jesús en la cruz por usted para liberarlo de la pena por el pecado? Coloque su confianza en Él. Reciba el regalo de Su perdón. Sólo en él hallará una solución duradera al problema del dolor en su vida y en el mundo.