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¿Cómo relacionarnos con una cultura pluralista?

Por: Andrés Carrera

Continuando con nuestra serie, donde estamos analizando el por qué la gente no responde a las buenas nuevas, hoy quiero analizar la óptica de los creyentes sobre quienes no lo son.

Todos los que hoy profesamos una fe en Jesús, algún día fuimos personas que buscábamos nuestra realización personal en la búsqueda de placer, pensando que esto nos daría felicidad, sólo para darnos cuenta que nada calmaba nuestra sed y que seguíamos aburridos, con miedos y hasta esclavos de nuestras adicciones. Buscábamos el camino, pero estábamos perdidos, extraviados, fuera de rumbo.

Si usted ha leído algunos de mis artículos o ha estado en alguna de mis charlas, recordará que algo que expreso repetidamente es que los cristianos ya no somos prioridad para Dios. Que el corazón de Dios la más alta prioridad la tienen los perdidos, y que si nosotros queremos estar a tono con el deseo de Él, alcanzarlos a ellos debería ser nuestra misión de vida.

Basta leer las tres parábolas consecutivas de Lucas 15, que hablan de una oveja perdida, de una moneda perdida, y del hijo pródigo para darnos cuenta que nuestras categorías que nos separan de los que no creen en Jesús, como morales e inmorales, no tienen cabida para Él.

Dios ama a los perdidos que añoran, aunque no lo sepan, ser encontrados. Su gracia es para todos y creo que cambiaría nuestra perspectiva si en lugar de verlos como personas inmorales, equivocadas, necias, los vemos como personas que se perdieron en su camino hacia la verdad.

¡Qué lejos de nosotros deberían estar las marchas anti homosexuales!, no porque el homosexualismo esté bien, sino porque ellos también son merecedores de la gracia, y si los amo, y les muestro el amor de Dios, aunque no esté de acuerdo, estaré llamándolos hacia un Cristo que ellos creen que los odia.

¡Qué lejos de nosotros debería estar, el pararnos en frente de una clínica de abortos, con pancartas de asesinos!, en lugar de amar a las personas que están en esa disyuntiva y amarlas una por una sin importar su decisión, aunque sepamos que eso está mal.

Cuando Pablo fue a Atenas (Hechos 17) no empezó acusándoles de que eran unos idólatras, arrancó buscando un terreno común, y habló de una estatua al Dios desconocido, y nuestro Señor se sentó a cenar con publicanos y prostitutas, habló con samaritanos, dejando ver que nadie está fuera de Su amor.

Es solamente mi necesidad de sentirme superior, mi egoísmo en su más clara expresión, lo que me hace criticar y descuidar a los perdidos y vulnerables cuando mi fe me exige, sin lugar a dudas, que me acerque a ellos y los cuide.

Incluso muchos de los que no han aceptado a Jesús como Señor y Salvador, comparten valores con nosotros, pero, incluso a ellos, los tratamos de idólatras o legalistas, en lugar de seguir el ejemplo de nuestro líder que no se dedicó a discutir y a argumentar, sino a ser un ejemplo de lo que es vivir una vida dedicada a Dios.

Cuando Jesús se acercó a la mujer samaritana, probablemente la escala más baja para los judíos, nos dio ejemplo de cómo tratar a la gente en una sociedad pluralista y hasta inmoral si usted quiere. Nunca expresó estar de acuerdo con su comportamiento, pero en lugar de criticarla, le dejó ver que tenía sed y que había buscado saciarla con arena y le ofreció agua, sin importar quién era.

Me encanta, por duro que es, leer las historias de los médicos cristianos que trabajaron con los judíos salidos de los campos de concentración, o de los médicos que hoy luchan contra la lepra en la India. Ellos me enseñan que no hay “don nadies” para Dios. Que Él considera a todos importantes, que salvar un alma, es salvar un alma, ya sea de alguien conocido o no. De hecho, no importa si es un asesino en serie o no, si es un hombre que vive en la calle, olvidado por nuestra sociedad.

Nunca deja de sorprenderme, como los cristianos, leemos la Biblia como si fuera una historia, sin preguntarnos muchas cosas, porque nadie podría salir de la historia de la cruz sin darse cuenta que no hay desplazados.

La muerte de cruz, estaba separada, solo para lo peor de la sociedad. Era gente que no servía ni para esclavos, ni siquiera para remar en los barcos romanos de guerra.

A ese que llamamos el “ladrón bueno”, no lo estaban crucificando por robar una gallina para darle de comer a sus hijos. Era una escoria de la sociedad, un asesino, un hombre de una violencia que solo la muerte controlaría, e increíblemente la gracia se abrió paso hasta allí. La gracia no encontró a ese hombre indigno de ser salvado. De hecho, si lo piensa un poquito, hasta en la proximidad de la muerte nuestro Señor sigue empeñado en salvar a lo peor de este mundo. ¿Podemos esperar algo distinto de sus representantes, la iglesia?

Les propongo un cambio de paradigma, que empiece en el corazón de cada uno de nosotros: Toda persona que no conoce a Cristo está extraviado, y es nuestra responsabilidad devolverlo al camino.

¿Cómo lo vamos a lograr? creo que mostrando que los amamos en lugar de dejarlos ver cuánto los despreciamos por su conducta.

Si eso hacemos, querrán oír las buenas nuevas y eso es lo que desea Dios y nosotros ¿no es así?