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Hambre Espiritual

Entre mis archivos encontré este hermoso artículo, que me servirá de preámbulo para una serie de artículos que empezaré la semana próxima, basado en una pregunta que hace el autor Philip Yancey que dice: “Si las buenas nuevas son ciertas, ¿porque a nadie le agrada escucharlas?”

Dejaré establecido hoy, que la gente tiene hambre espiritual, y desde la otra semana analizaremos algunas de las razones por las que no consideran saciar esa hambre con Jesús.

Disfruten las palabras del maestro apologista Ravi Zacharias que están a continuación:

He considerado larga y arduamente la cuestión de porque la gente vuelve a Dios. Recuerdo una mujer proveniente de Rumania, contándome que había sido criada en un ámbito extremadamente ateo. En su casa no estaba permitido siquiera mencionar el nombre de Dios, por temor a que alguien lo oyera y les negaran el acceso al sistema educativo. Después que ella vino a los Estados Unidos, yo llegué a ser paciente suyo cuando me estaba recuperando de una cirugía en la espalda. Un día, cuando tuve el privilegio de orar con ella, dijo al tiempo que secaba sus lágrimas, “en lo profundo de mi corazón he creído siempre que había un Dios, yo solamente no sabía cómo encontrarlo”.

Este sentimiento se repite muchas veces. Más recientemente, tuve el privilegio de reunirme con dos personas muy importantes en un país manifiestamente ateo. Luego de que terminé de orar, uno de ellos dijo: “nunca en mi vida oré, y nunca escuché a nadie más orar. Esta es la primera vez. Gracias por enseñarme a orar.” Resulta obvio que incluso apetitos espirituales que han sido suprimidos toda una vida quedan en evidencia ante una situación en la que existe un cumplimiento posible.

Aunque estoy de acuerdo con que el problema del dolor quizás sea uno de los mayores desafíos a la fe en Dios, me atrevo a sugerir que es el problema del placer el que con mayor frecuencia nos lleva a pensar en cosas espirituales. Sexualidad, lujuria, fama, y emociones momentáneas son en realidad las atracciones más precarias del mundo. El dolor nos obliga a aceptar nuestra finitud. Esto puede ocasionar cinismo, desánimo y fatiga por el sólo hecho de vivir. El dolor nos empuja en busca de un poder superior. Introspección, superstición, rituales y juramentos, pueden todos ellos venir como resultado del dolor. Pero la frustración en el placer es una cosa completamente diferente. Mientras el dolor puede con frecuencia ser visto como un medio hacia un fin superior, el placer es visto como un fin en sí mismo. Y cuando el placer ha seguido de largo, puede crecer en el alma de uno un sentimiento de abatimiento que muchas veces puede conducir a la autodestrucción. El dolor puede con frecuencia ser temporario; pero la insatisfacción en el placer da lugar al sentimiento de vacío – no sólo por un momento, sino de por vida. Entonces puede no verse razón para la vida, ni un propósito predeterminado, si ni siquiera el placer trae una realización duradera.

Es por esto que creo que la amalgama de dolor y placer está en la raíz del dilema humano y en el centro del hambre espiritual.

La gente que sufre puede que busque alivio y explicaciones. La gente frustrada en cuanto a consecución de placer busca propósito. Pero aquí es donde, creo yo, occidente ha perdido el rumbo. En lo tedioso de nuestra situación, podemos buscar un escape a través de lo extraño o lo desviado, mientras Dios se ha revelado a sí mismo en la persona de Jesucristo.

Sólo en la cosmovisión Judeo-Cristiana cada persona es entendida como creada a imagen de Dios, porque Dios mismo es una persona. Así mismo, cada persona establece prioridades en sus relaciones que son implícitamente construidas, no por la naturaleza, sino por el diseño de Dios. Consideremos la tragedia del terremoto y el Tsunami en Japón. Incluso en esta cultura estoica, donde la comunidad está por encima de todo lo demás, cada uno que lloró estaba lamentando la pérdida de sus propios seres queridos: No estaban lamentando solamente la pérdida total de vidas, sino también su pérdida personal. Esto es real. No es imaginario. Nos paramos frente a las tumbas específicas de aquellos a quienes amamos más frecuentemente que ante el cementerio en general.

Pero hay más. La condición de persona trasciende el mero ADN. Hay un valor inherente a cada persona. En el cristianismo, la esencia de todas y cada una de las personas y la realidad individual de cada vida es sagrada. Es sagrada porque el valor intrínseco nos ha sido dado por nuestro Creador, quien se ha autorevelado en el cielo estrellado y sobre una cruz marcada con clavos.

A medida que reflexiono sobre mi propia vida e interactúo con otros, quedo fascinado de ver los designios que Dios tiene para cada uno en forma individual, si nosotros simplemente respondemos. Lo cierto es que he conocido gente que en la cumbre de su éxito ha vuelto a Dios y he conocido otros, sumergidos en dolor y abatimiento, que acuden a Dios por una respuesta. Cada extremo deja insistentes cuestionamientos. Sólo Dios sabe cómo responderemos a ellos.

Dios nos ha creado para su propósito, y dentro de su diseño se construyen relación y adoración. Sólo Dios puede tejer un modelo coherente de entre los dispares hilos de nuestras vidas. Quizás, si hoy usted se detuviera y reflexionara sobre esto, vería que Cristo está buscando a su espíritu insatisfecho.