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Representantes de Jesús

Por: Andrés Carrera

Cuando yo represento a alguien estoy supuesto a mostrar fidedignamente todo lo que caracteriza a aquella persona a quien emulo. Sin embargo, vemos en algunas ocasiones a gente decir que personifican tal o cual ideal, tan sólo, para que hagan exactamente lo contrario.

En el caso de Jesús, este dejó a sus representantes aquí, la iglesia, para que deje ver Su gracia, Su amor, Su misericordia, y que sea un ejemplo de lo que es vivir la gracia para que otros se beneficien de ella y finalmente lleguen a Él.

En los primeros años de existencia de la Iglesia, esto fue tan notorio, que en menos de 50 años después de legalizado el cristianismo, cuando Juliano el Apóstata quiso deshacer lo que su tío Constantino había hecho, y devolverle el lustre a los dioses romanos, reconstruyendo sus templos, no consiguió que la mayoría del pueblo romano regresara a ellos.

Cuando investigo el porqué, el informe que le llegó fue que derrotar al cristianismo era una tarea casi imposible debido a que los cristianos no sólo amaban a sus pobres y los ayudaban sino también a los que no profesaban sus creencias. Que cuando había una epidemia y todo el mundo salía despavorido para no enfermarse, los cristianos se quedaban para cuidar de los afectados, porque para ellos esa era gente a la que su Maestro amaba y por tanto ellos amaban.

Lastimosamente esto ha cambiado en el tiempo. Los encargados de dispensar la gracia nos hemos convertido en policías de la moral. En criticadores despiadados de quienes profesan otra filosofía de vida y creen que el homosexualismo o el aborto son usos de su libertad y no una inmoralidad de vida o asesinato de no natos.

No me entienda mal, jamás estaré de acuerdo con esos tipos de comportamiento, pero estoy seguro que la Iglesia está aquí para mostrar el amor de Jesús, para mejorar los barrios donde estamos situados, para ayudar a la gente que necesita amor y gracia y no entregar más culpa y condena.

No nos podemos olvidar que los seguidores de Jesús no reclamamos para nosotros una superioridad moral, sino que acudimos a Dios porque entendemos nuestra bancarrota total.

Cuándo será el día que entendamos que el no cristiano lee sólo una Biblia: nuestro comportamiento como representantes de Jesús, y si yo me creo algo más que un peregrino que a veces pierde la ruta, jamás se interesarán por ese Dios en quien digo creer. Será que algún día entenderemos que no existimos como conglomerado para beneficio nuestro, sino para los que no son parte de nosotros.

Será que comprenderemos alguna vez que lo principal no es lo que Dios haga por nosotros, sino lo que haga por medio de nosotros. Que el momento que nos consideremos superiores perdemos nuestra identidad cristiana. Que cuando nos representamos contrarios a algo dejamos de mostrar el amor y la gracia y pasamos a dejarnos ver como juzgadores morales del planeta.

Entenderemos alguna vez que nuestra meta es mostrar al que transforma vidas, y hacer lo que está a nuestro alcance para permitir que ese mensaje llegue a los beneficiarios sin filtros, cortapisas, o requisitos inexistentes.

O, como me temo, vamos a seguir siendo juzgadores, buscando los valores del mundo, como la prosperidad, hablando de demonios como si  fuéramos personas que queremos asustar a nuestros hermanitos menores, legalistas que no permitimos que entres vestido a la iglesia de cierta forma, y cosas como esas que sólo oscurecen el mensaje de la gracia, y lo esconden a un mundo sediento de ella.

Si este mundo sintiera la solidaridad y el amor de la iglesia como un todo, y no como hechos aislados, no tendrían necesidad de inventar cultos y creencias porque la fortaleza de nuestros testimonios lograría lo mismo que consiguieron esos primeros cristianos: mostrar un amor que puso de rodillas a un imperio.

La gracia es demasiado buena noticia para que la escondamos. Somos los encargados de mostrarla, de vivirla, de representarla, de dejarla ver, dejarla saborear, y al no hacerlo somos  los responsables de que tanta gente se pierda.

Cuando pienso en esto me acogen dos sentimientos: un gran dolor por lo que estamos haciendo con el mensaje, y una gran alegría de pensar que tenemos la llave que puede abrir la puerta para que la gente descubra el amor de Dios y quiero abrirla de par en par y sé que usted también.

Pero abrir esa puerta significa amar a todo al que Jesús ame. ¿lo podremos hacer? No lo sé, pero sí sé que bien vale la pena dedicar mi vida a intentarlo porque nada hace que la vida valga más la pena que vivir para pasar el mensaje del amor de Dios por nosotros.