Por: Phillip Yancey
En una autobiografía de los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, Pierre Van Paassen nos habla de un acto de humillación que realizaron las tropas de choque nazis que habían detenido a un anciano rabino judío y lo habían llevado al cuartel general.
En un extremo de la misma sala, dos colegas estaban golpeando a muerte a otro judío, cuando los que habían detenido al rabino decidieron divertirse a su costa. Lo desnudaron y le dijeron que predicara el sermón que había preparado para el sábado siguiente en la sinagoga. El rabino pidió que le dejaran ponerse su casquete, a lo que los nazis, burlones, accedieron. Hacía la broma más cómica. El tembloroso rabino comenzó a predicar el sermón con voz ronca acerca del qué significa caminar en humildad delante de Dios, mientras los ululantes nazis lo atizaban y acicateaban, y mientras se oían en el otro rincón de la sala los gritos agónicos de su colega.
Cuando leo los relatos evangélicos del arresto, tortura y ejecución de Jesús, pienso en el rabino desnudo, humillado, en una comisaría de policía. Incluso después de haber visto docenas de películas acerca del tema, y de leer los evangelios repetidas veces, no puedo llegar a imaginarme la indignidad, la vergüenza por la que pasó el Hijo de Dios en la tierra, desnudo, flagelado, escupido, golpeado en el rostro, coronado de espinas.
Tanto los líderes judíos como los romanos querían la burla que iba a producir la parodia del delito por el que se había condenado a la víctima. Mesías, ¿eh? Estupendo, oigamos una profecía. Zas. ¿Quién te ha golpeado? Zas. Vamos, dínoslo, señor profeta. Para ser Mesías, no sabes mucho ¿verdad?
¿Dices que eres rey? Bueno, entonces, arrodillémonos ante semejante majestad. Pero ¿qué es esto? ¿Un rey sin corona? Oh, esto no sirve. Ven acá, señor Rey, te vamos a poner una corona, claro. Crujidos. ¿Qué tal esto? ¿Un poco torcida? Te la voy a arreglar. Oye, ¡estate quieto! Vaya, mira qué modestos somos. Bueno, ¿qué tal una túnica, algo para cubrir esa carnicería que tienes en la espalda? ¿Qué sucedió, tuvo su majestad una pequeña caída? Se pasaron el día así, desde el juego violento de adivina quién te pegó en el patio de la mansión del sumo sacerdote, hasta los matones profesionales de los guardas de Pilato y de Herodes, hasta las burlas de los espectadores que acudían a insultar a los delincuentes que avanzaban tambaleándose camino al Calvario, y por fin hasta la cruz misma donde Jesús escuchó un torrente de burlas de los que estaban abajo e incluso de uno crucificado junto a Él. ¿Te llamas a ti mismo Mesías? Entonces, baja de la cruz. ¿Cómo vas a salvarnos a nosotros si ni siquiera te puedes salvar a ti mismo? Me he maravillado, ya veces cuestionado, el dominio de sí mismo que Dios ha demostrado a lo largo de la historia, permitiendo que los Genghis Khans, los Hitlers y los Stalins se salieran con la suya. Pero nada —absolutamente nada— se puede comparar con el dominio de sí mismo que demostró en ese tenebroso viernes en Jerusalén. Con cada latigazo, con cada contacto violento de los puños contra su rostro, Jesús debe de haber recordado la tentación en el desierto y en Getsemaní. Legiones de ángeles estaban a la espera de que les diera la orden. Con una sola palabra suya hubiera terminado la prueba.
«La idea de la cruz nunca debiera acercarse a los cuerpos de los ciudadanos romanos», escribió Cicerón, «nunca debiera cruzar su mente, ni llegar a sus ojos u oídos.» Para los romanos, la crucifixión era la forma más cruel de pena máxima que se reservaba para asesinos, esclavos revoltosos y otros crímenes odiosos en las colonias. A los ciudadanos romanos se los decapitaba, no crucificaba. Jesús experimentó su repugnancia —«maldito por Dios es el colgado», decía Deuteronomio— y preferían la lapidación cuando tenían autoridad para llevar a cabo las ejecuciones.
Los evangelistas, los arqueólogos y los expertos en medicina han descrito los detalles macabros de la crucifixión en forma tan minuciosa que no me parece necesario repetirlos. Además, si las «últimas siete palabras de Cristo» sugieren algo es que Jesús mismo tuvo en esos momentos otras cosas en qué pensar aparte del dolor. Lo que más se aproximó a una queja física fue su exclamación: «Tengo sed» e incluso entonces rechazó el vino avinagrado que le ofrecieron como anestesia. (La ironía de alguien que había ofrecido litros de vino en una fiesta de bodas, que había hablado de agua viva que iba a calmar la sed para siempre, y que muere con la lengua hinchada y el olor agrio de vinagre que le humedece la barba.)
Como siempre, Jesús estaba pensando en otros. Perdonó a quienes habían llevado a cabo la acción. Tomó medidas para que su madre fuera atendida. Dio la bienvenida al paraíso a un ladrón arrepentido.
Los evangelios refieren diferentes fragmentos de conversación en el Calvario y sólo dos de ellos concuerdan en cuanto a sus últimas palabras. Lucas pone en su boca: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», un acto final de confianza antes de morir. Juan contiene el resumen conciso de toda su misión en la tierra: «Consumado es.» En cambio, Mateo y Marcos contienen las palabras más misteriosas de todas, la lamentable cita: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?»
Sólo esta vez, de entre sus todas sus oraciones en los evangelios, utiliza Jesús la palabra distante y formal «Dios» en vez de «Abba» o «Padre». Citaba a un salmo, desde luego, aunque también estaba expresando un profundo sentido de enajenación. Se había abierto una grieta inconcebible en la Deidad. El Hijo se sentía abandonado por el Padre.
«El ‘ocultarse’ Dios quizá resulta muchísimo más doloroso en quienes por lo demás están mucho más cerca de Él, y por tanto Dios mismo, hecho hombre, se sentiría el más abandonado de todos los hombres», escribió C. S. Lewis. Sin duda que tiene razón. No importa mucho si me desaira la cajera del supermercado o el vecino que vive a dos cuadras de distancia. Pero si mi esposa con quien he vivido toda mi vida de adulto, de repente corta toda comunicación conmigo, eso sí importa.
Ningún teólogo puede explicar adecuadamente la naturaleza de lo que sucedió dentro de la Trinidad ese día en el Calvario. Todo lo que tenemos es un grito de dolor de un hijo que se siente abandonado. ¿Ayudó que Jesús hubiera previsto que su misión en la tierra iba a incluir una muerte así? ¿Le ayudó a Isaac saber que su padre Abraham se limitaba a cumplir órdenes cuando lo ató sobre el altar? ¿Qué hubiera sucedido si no hubiera aparecido ningún ángel y Abraham hubiera atravesado con el cuchillo el corazón de su hijo? ¿Qué hubiera ocurrido entonces? Esto es lo que sucedió en el Calvario y el Hijo lo sintió como abandono.
No se nos dice lo que Dios el Padre exclamó en ese momento. Sólo lo podemos imaginar. El Hijo se convirtió en «hecho por nosotros maldición», dijo Pablo en Gálatas, y «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado», escribió a los corintios. Sabemos qué siente Dios acerca del pecado; el sentido de abandono es probable que se experimentara en ambas direcciones.
Dorothy Syers escribe: «Es el único Dios que tiene una cita con la historia… No hay una ubicación más sorprendente de frases que la que, en el Credo de Nicea, coloca estas dos afirmaciones simplemente una junto a otra: ‘Dios de Dios… Padeció bajo Poncio Pilato.’ En todo el mundo, miles de veces al día, los cristianos recitan el nombre de un relativamente insignificante procónsul romano… simplemente porque ese nombre deja establecida, dentro de un margen de pocos años, la fecha de la muerte de Dios.»
A pesar de la vergüenza y de la tristeza que todo esto produce, de alguna forma lo que ocurrió en una colina llamada Calvario se pude conjeturar que se convirtió en el hecho más importante de la vida de Jesús, para los autores de los Evangelios y de las Epístolas, para la Iglesia y si es posible la especulación en asuntos como éstos, también para Dios.
Le tomó tiempo a la Iglesia reconciliarse con la ignominia de la cruz. Los padres de la Iglesia prohibieron representarla en ninguna forma artística, hasta el reinado del emperador Constantino, quien tuvo una visión de la cruz y quien también la prohibió como forma de ejecución. Así pues, no fue sino hasta el siglo cuarto en que la cruz se convirtió en símbolo de la fe. (Como señala C. S. Lewis, la crucifixión no se volvió común en el arte hasta que no hubieron muerto todos los que la habían visto en la realidad.)
Ahora, sin embargo, el símbolo está en todas partes: los artistas moldean oro para darle la forma del instrumento romano de ejecución, los jugadores de béisbol se hacen la señal de la cruz antes da salir a batear y los fabricantes de dulces incluso hacen cruces de chocolate para que los fieles se las coman en Semana Santa. Por raro que parezca, el cristianismo se ha convertido en una religión de la cruz; la horca, la silla eléctrica y la cámara de gas, en términos modernos.
Normalmente pensamos que alguien que muere como un delincuente es un fracasado. Sin embargo, el apóstol Pablo reflexionaría luego acerca de Jesús: «Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.» ¿Qué quiso decir?
En un nivel, pienso en personas de nuestro tiempo que despojan a las potestades. Los comisarios de policía racistas que encerraron a Martin Luther King Jr. en sus celdas, los soviéticos que deportaron a Solzhenitsyn, los checos que metieron en la cárcel a Václav Havel, los filipinos que asesinaron a Benigno Aquino, las autoridades de Sudáfrica que encarcelaron a Nelson Mandela; todos ellos pensaron que resolvían un problema, pero en lugar de eso, todo concluyó con el desenmascaramiento de su propia violencia e injusticia. El poder moral puede tener un efecto que desarma.
Cuando Jesús murió, incluso un torpe soldado romano se sintió movido a exclamar: «Verdaderamente este hombre era justo». Vio con demasiada claridad el contraste entre sus violentos colegas y su víctima, que los perdonó cuando ya expiraba. La pálida figura clavada a un madero ponía de manifiesto que los poderes que mandaban en el mundo eran dioses falsos que violaban sus propias elevadas promesas de compasión y justicia. La religión, no la falta de religión, acusó a Jesús; la ley, no la ilegalidad, lo hizo ejecutar. Con sus juicios tendenciosos, sus azotes, su violenta oposición a Jesús, las autoridades políticas y religiosas de ese tiempo pusieron de relieve lo que realmente eran: mantenedores del sistema establecido, defensores sólo de su propio poder. Cada uno de sus ataques a Jesús ponía de manifiesto cuán ilegítimos eran.
Los ladrones que fueron crucificados a sendos lados de Jesús mostraron dos respuestas posibles. Uno se burló de la impotencia del Mesías: ¿Un Mesías que ni siquiera se puede salvar a sí mismo? El otro reconoció una clase diferente de poder. Aceptó el riesgo de la fe para pedirle a Jesús: «acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.» Nadie más, a no ser en son de burla, se había dirigido a Jesús como rey. El ladrón en trance de muerte vio con más claridad que ningún otro la naturaleza del reino de Jesús.
En un sentido, los dos ladrones presentan la elección que la historia toda ha tenido que hacer acerca de la cruz. ¿Vemos en la impotencia de Jesús el ejemplo de la impotencia de Dios o la prueba del amor de Dios? Los romanos, formados con el pensamiento del poder de deidades como Júpiter, pudieron reconocer muy poca semejanza a Dios en un cadáver maltratado que colgaba de un madero. Los judíos devotos, alimentados con relatos de un Jehová poderoso, vieron muy poco digno de admiración en este Dios que moría débil y lleno de vergüenza. Como Justino Mártir muestra en su «Diálogo con el judío Trifón», la muerte de Jesús en la cruz fue para los judíos un argumento decisivo en contra de su condición de Mesías; la crucifixión había colmado la maldición de la ley.
Incluso así, con el paso del tiempo fue la cruz en la colina la que cambió el panorama moral del mundo. Escribe M. Scott Peck: No puedo ser más específico acerca de la metodología del amor que citar estas palabras de un anciano sacerdote que pasó muchos años en la línea de combate: «Hay docenas de maneras de ocuparse del mal y varias formas de vencerlo. Todas ellas son facetas de la verdad que la única forma definitiva de vencer el mal es dejar que se consuma dentro de un ser humano vivo y dispuesto. Cuando se absorbe como sangre en una esponja o una lanza en el corazón de uno, pierde su poder y ya no puede continuar.»
Sólo se puede curar el mal —científicamente o de cualquier otro modo— con el amor de las personas. Se requiere un sacrificio voluntario… No sé cómo se produce esto. Pero sí sé que lo hace… Cuantas veces ocurre, se produce un ligero cambio en el equilibrio de poderes en el mundo.
El equilibrio de poderes cambió más que ligeramente ese día en el Calvario por causa de aquel que absorbió el mal. Si Jesús de Nazareth hubiera sido una víctima inocente más, como King, Mandela, Havel y Solzhenitsyn, hubiera dejado una huella en la historia para luego desaparecer. Ninguna religión hubiera podido surgir a su alrededor. Lo que cambió la historia fue la conciencia que se fue despertando en los discípulos (fue necesaria la resurrección para convencerlos) de que Dios mismo había escogido el camino de la debilidad. La cruz redefine a Dios como el que estuvo dispuesto a abandonar el poder por amor. Jesús se convirtió, en frase de Dorothy Sölle, en «el desarme unilateral de Dios.»
El poder, por bien intencionado que sea, tiende a causar sufrimiento. El amor, por ser susceptible, lo absorbe. En un punto de convergencia en una colina llamada Calvario, Dios renunció a uno por el bien del otro.