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El problema en el que estamos metidos

Por: Andrés Carrera

En algún momento de la historia de la iglesia, movimiento que fue creado por Jesús, algo se perdió y hoy constituye una de las principales razones por las cuales estamos enfrentando problemas grandes como herejías, manipulaciones y una muy mala reputación en quienes no siguen lo establecido originalmente por Jesús.

Fue en ese momento cuando entendimos que lo importante era tener templos de preferencia hermosos, para reunir una cierta cantidad de gente en un lugar y tener una congregación basando nuestra vida espiritual en lo que sucedería en ese lugar.

Antes de esa decisión, la iglesia, es decir, la gente que estaba involucrada en el movimiento, se reunía en casas, en grupos pequeños, dirigidos por un anciano (ese era el nombre) y vivían los principios cristianos en ese modelo.

Ese fue el modelo que Pablo enseñó, pequeños grupos en casas que se reproducían en otros, y que llegada cierta cantidad de ellos, tenían una supervisión de una persona encargada. No era sino hasta que se llegaba a un grupo de pequeñas congregaciones, cuando alguien recibía una paga por trabajar en eso.

Pero cuando se decidió generar templos para ser vistos por la comunidad no cristiana, o mucho peor tener una cabeza mundial para todo el movimiento, este empezó a generar costos imprevistos que no estaban en el plan ni del creador de la idea, ni tampoco de aquel que la puso en práctica.

Permítame enumerarle los problemas en que nos metimos:

  1. Los costos de mantener una edificación que se usa exclusivamente para reunir personas una o más veces por semana, nos obliga a estar pidiendo dinero para ese objetivo, que se evitaría con la fórmula que Pablo enseñó de hacer iglesia.
  2. Necesitamos un grupo de personas encargados de ese lugar al que hay que pagarles para que puedan poner en marcha la o las reuniones necesarias para mantener el lugar recibiendo gente.
  3. Requerimos equipar el lugar con sonido, luces, aulas y cualquier otra cosa necesaria para funcionar eficientemente.
  4. Generamos el problema del papel de la mujer en la iglesia, que se termina cuando comprendemos que “como dueña de casa” donde se reúne el movimiento, su rol es decisivo, y no necesita nombramientos. Se termina también la acusación de machismo, cuando en el liderazgo de las iglesias solo hay hombres.
  5. Tenemos el problema de la poca posibilidad de usar  en forma real el amarse, preocuparse, orar, etc. de unos con otros o para otros, ya que no conozco a la mayoría de la gente que va a las reuniones dominicales, ni sé de sus problemas. Eso solo se puede hacer en congregaciones de no más de veinte personas. Cuando la gente de afuera no ve estos ejemplos de vida no se siente atraída al cristianismo porque no encuentra eso, lo que sí veían en los primeros años del movimiento, en una sociedad tan deshumanizada como la que vivimos hoy.
  6. No hay sentido de pertenencia, así que lo mismo me da ir a la iglesia tal o cual un domingo y a otra el siguiente, o cambiar de templo al que voy. Nadie siente que pertenece a un sitio impersonal, pero todos sentían que pertenecían en los primeros 300 años del cristianismo, a un movimiento, porque este era realmente una familia de familias.

Qué cosa tan complicada hemos convertido al movimiento simple de ser uno en Jesús, y amarnos como Él nos amó. Y en lugar de ser esas nuestras preocupaciones, han sido reemplazadas por cómo mejorar el entretenimiento dominical y conseguir dinero para mantener funcionando cada templo.

Es por eso que algunos se ven obligados a armar retiros de prosperidad o semana de primicias o hablar de diezmo por 15 minutos en cada servicio dominical, ya que sin ese dinero no pueden seguir operando, y en nuestros países latinoamericanos en crisis económica, cada vez es más complicado cubrir nuestros presupuestos.

Cada vez será más complicado para las denominaciones que no creen en mujeres pastoras, contener las acusaciones de machismo a las que se ven abocados o hablar de un liderazgo que solo es dado a mujeres casadas y no solteras.

La solución es sencilla creo yo. Volvamos al ciclo paulino de plantación de iglesias. Que el centro del movimiento sean las casas convertidas en verdaderas eklesias para usar la palabra original. Que no sea nuestra medición cuánta gente va el domingo sino cuantas congregaciones estamos supervisando aunque no vayan los domingos. Imagínense no tener que multiplicar los edificios para servir a más personas.

Menores costos, más eficiencia, más gente sirviendo, personas que pueden mostrar lo que es el amor y cómo se manifiesta en pequeñas congregaciones, nos olvidamos de jerarquías más allá de la del anciano que dirige y de los supervisores de las distintas eklesias. Más dinero para lograr que la obra se extienda porque dejamos de gastar en lo que no importa realmente.

¿Podremos volver al método de Pablo o los miles de años de tradición lo impedirán? Mi respuesta a esa pregunta realmente me apena, pero no me quita las ganas de seguir con el sueño de hacerlo aunque sea en mi comunidad.