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La Engorrosa Gracia

Por: Andrés Carrera

Si usted sigue mis artículos con cierta frecuencia, ha leído sobre mi posición de que la iglesia no es solo la visita a un templo, sino un movimiento, que inauguró Jesús, para que lleven el mensaje de lo que Dios ha hecho por nosotros, a todo el mundo.

Este movimiento creció a través del ciclo paulino, cuya base eran reuniones en casas donde se generaban comunidades que eran verdaderas familias de familias que estaban para cumplir todos los ámense, cuídense, oren, etc. unos por otros, y se aprendía que al contrario de los dioses paganos, Dios había probado que se interesaba por nosotros a través de la muerte y posterior resurrección de Jesucristo.

Cuando Pablo empieza a escribir, sobre cómo expresar  el amor de Dios hacia nosotros nos dice que está terminada la ley y que de ahora en adelante vivimos por gracia, que significa favor inmerecido. La era de la ley está terminada como Jesús lo dijo.

El movimiento creció desbordantemente a pesar de la persecución, hasta que algo ocurrió: el movimiento y el estado se unieron y lentamente el primero emigró de su concepción original.

  • Empezaron los servicios religiosos en templos, algo que era predominante en las religiones paganas.
  • Comenzaron de a poquito,  las reuniones donde nadie se conocía, y la ida al templo reemplazó casi por completo a la comunidad y el concepto de familia de familias fue perdiéndose.
  • La ley fue emergiendo de nuevo. Generaciones enteras de cristianos habían vivido y entregado su vida a Cristo sin conocer siquiera el Antiguo Testamento y sin cumplir ley alguna que no sea amarse unos a otros como Jesús nos amó.  Pero el crecimiento en templos y la jerarquización de la iglesia creó que la ley vuelva a ser preponderante en la fe cristiana uniendo dos cosas que son intrínsecamente contradictorias: ley y gracia.

Es en esta parte de la historia donde inicia la debacle: de pronto estaba bien matar gente de otras religiones, matar gente porque no pensaban como los encargados del poder, subyugar pueblos para que se comporten como queremos, dejar de combatir la pobreza y las enfermedades porque ahora eran una élite de poder y se vivía incluso de los impuestos de la gente o lo que es peor de las contribuciones de explotadores y con el tiempo incluso de mafias.

En ese caldo de cultivo la ley volvió a tener no solo cabida, sino que la necesitábamos como herramienta de control, así que ahora, cuales fariseos, empezamos a ampliarla e interpretarla, a beneficio del poder de turno y la gracia fue quedando en el olvido.

Con el tiempo, algunas personas y grupos intentaron recuperarla y se formaron denominaciones que tenían la gracia como el centro de su doctrina, pero lentamente la mayoría debido a que el templo siguió siendo el centro de la fe, comenzaron una dualidad entre ley y gracia que ha provocado que el movimiento sea cada vez menos relevante en la sociedad.

La gente está cansada del uso y abuso del poder por las religiones y sus líderes, que ha llegado a pedofilia, abusos sexuales, adulterio en el liderazgo,  manejo abusivo del dinero, tanto en el énfasis en solicitarlo como en gastos que llevan a una vida opulenta de los dirigentes. Están cansados de leyes que consideran fuera de todo contexto, anticuadas y totalmente fuera de nuestra cultura.

La gran tragedia es que la gracia, lo que debería ser el centro de nuestra doctrina, la principal carta de presentación de nuestra fe, la palabra que resume las buenas nuevas del evangelio ha quedado relegada a un segundo plano. ¿Entendemos que vivir por ley no es una buena noticia?

Es hora de devolverle su preponderancia. No es una doctrina importante, es el centro de nuestra fe, la razón por la cual murió Jesús, pero el problema es que implementar la gracia en nuestras congregaciones exige cosas que los líderes eclesiásticos no estamos dispuestos a hacer o decir.

1.- No estamos dispuestos a enseñar a la grey cómo vivir a través de principios cristianos y no por ley. No enseñamos a pensar cristianamente dentro de la cultura y permear lo que esta nos dice contra lo que Dios nos dice. Más fácil es hablarles esto sí y esto no y así es y punto, aunque eso sea ley del Antiguo Testamento, abolida por Jesús y reemplazada por dos mandamientos diferentes.

Por ejemplo debemos enseñar el principio de la honestidad, no porque la Biblia dice no mentir, sino porque el que ama no miente dañando a la otra persona, pero el principio tiene una excepción, que es cuando al ser honesto a una autoridad inhumana, permito que esta destroce personas o comunidades.

Ejemplo práctico, el caso de los cristianos que escondieron a Ana Frank de los nazis, para que no la mataran por ser judía. Si solo usaremos la ley, esta no tiene excepciones, no se miente y punto, pero al ser un principio está supeditado a permitir el uso de otro, que es de mayor beneficio para las personas a las que amo y protejo.

2.- Nos negamos a acompañar a las personas en su rehabilitación de un pecado y ver que lo solucione, porque más fácil decir no se puede porque la ley dice y punto.

Ejemplo claro es el divorcio. Es fácil decir eso es pecado y nadie se puede divorciar, y si lo hacen no se pueden volver a casar, porque eso dice la ley, convirtiéndolo en un pecado que no tiene perdón. Lo difícil es trabajar con el divorciado, para que sepa lo que hizo mal, que aprenda a vivir sin pareja y pasar un tiempo largo con él ayudándolo a trabajar sus problemas emocionales, para que eventualmente pueda volver a tener una relación romántica.

Imagínese todas las variables  que ponemos en una misma canasta: la otra persona lo abandona, le pega, la humilla, adultera y todas ellas debo perdonar arriesgándome a que me lo vuelva a hacer o que nunca se arrepienta, porque si no me quedaré solo(a) para toda la vida, todo por el pecado de “haberme casado mal” por decirlo de alguna manera.

Que debo pelear por mi matrimonio hasta el final, eso no admite discusión, pero a veces llevamos estas cosas al extremo y empieza a resultar hasta ridículo.

Vea esta otra por ejemplo: el divorciado no puede ser pastor, ni liderar un ministerio, pero puede cuidar niños. Es decir, como creemos en jerarquías y que servir al Señor tiene trabajos importantes y otros no tanto, hacemos esta división que no existe. En algunos casos el trabajo de pastor depende si la mujer decide perdonar o no un adulterio. Si lo hace un pastor puede eventualmente regresar a trabajar, si no, no lo puede hacer, aunque el pecado es el mismo.

La gracia es engorrosa, difícil de aplicar y exige que tratemos cada caso en particular, y que restablezcamos a la persona necesitada, y si cumple todos los pasos, les permitamos volver a vivir su vida cristiana normalmente. Cualquier otra cosa es usar la ley y ponerla por encima de las personas por las que Jesús murió.

¡Qué complicado que es! pero prefiero equivocarme, ser considerado un liberal, ser criticado tratando de aplicarla, a reducir el cristianismo a leyes inflexibles por donde la luz de la gracia no pasa.

¿Qué prefiere usted?