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Cuando la maldad me alcanza

Por: Andrés Carrera del Río

C. S. Lewis estaba en lo cierto cuando escribió: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor; el dolor es su megáfono para despertar a un mundo sordo”.

Probablemente esta es tu historia, vivías sin hacerle daño a nadie, todo caminaba bien, no pensabas en Dios desde hace mucho o tal vez nunca y de repente recibiste esa llamada de teléfono, o sentiste ese dolor, y notaste que tu mundo nunca más sería el mismo. Sin darte cuenta, te encontraste mirando para arriba, tratando de hablarle a un Dios en quien no creías o habías abandonado.

O tal vez es lo contrario: el sufrimiento de la gente en el mundo te ha llevado a dudar que existe un Dios o a perder la fe totalmente. Vamos a hablar de esta segunda razón de tu alejamiento de Dios.

Hay un hombre del cual leí hace poco, su nombre es el almirante Jim Stockdale, quien fue candidato a la vicepresidencia de EEUU, en los noventa, pero su fama viene por haber sido el prisionero de guerra de más alto rango durante la confrontación de Vietnam. Estuvo preso por 8 años, durante los cuales fue torturado como 20 veces por negarse a participar en la propaganda comunista de Vietnam del Norte. Llegó al extremo de cortarse la cara para evitar que lo presentaran delante de una cámara.

Una vez liberado, en una famosa entrevista para la TV, promocionando su libro, le preguntaron: ¿cómo hizo para sobrevivir esos largos años prisionero? El contesto: “Nunca perdí la fe, en como terminaría la historia. Nunca dudé, que saldría, y que al final prevalecería, y convertiría esa experiencia, en un evento definitorio en mi vida, que me convertiría en quien soy”

El entrevistador continuó con otra pregunta: ¿quiénes no lo lograron?: “Eso es sencillo”, respondió, “los optimistas”. Aquellos que decían saldremos para la navidad, y navidad venía y se iba, y de ahí pensaban que serían liberados para semana santa, y también esta venía y se iba. Luego el día de acción de gracias y lo mismo sucedía, hasta que volvía a ser navidad nuevamente. Esos hombres murieron de un corazón roto”

Y esto es lo más importante dijo: “No debemos confundir la fe en que prevaleceremos al final, que nunca puedes perder, con la disciplina para confrontar los hechos trágicos de tu realidad, cualquiera que estos sean”

Esta última declaración es conocida como la paradoja Stockdale: “Nunca pierdes la fe, pero al mismo momento no te rehúsas a ver tu cruda realidad”.

La razón por la que traigo esto a colación es porque nuestra fe, viene acompañada por una paradoja similar: Tenemos una esperanza futura, pero está unida a una realidad complicada. El problema es que nos enfocamos tanto en la esperanza futura, que intentamos retirar el dolor, ya sea, orando, teniendo fe, u obedeciendo.

En efecto, algunos predicadores en el pasado y sobre todo muchos en la actualidad quieren establecer, como si se pudiera que: Hay una relación global de causa y efecto entre el pecado y el sufrimiento.

Uno puede aceptar el hecho de sufrir por sus propios pecados o por los que personas cercanas cometen contra usted, pero este hecho del que hablo nos confunde y nos lleva al resentimiento con Dios y a dejar la fe. La razón es porque esto no es justo porque está fuera de mi control. Pero la realidad es que cuando el pecado entró en el mundo y el hombre le dijo a Dios que no lo necesitaba, por esa misma puerta entró el dolor, el sufrimiento y la injusticia.

Jesús, aceptó este hecho con total honestidad, y habló claramente de lo que el pecado hacía en el mundo, sin perder de vista nunca el objetivo final (Juan 16:33). Para Él era claro que había una correlación entre el pecado generalizado y la aflicción, que personas que lo hemos aceptado y que vivimos para Él, sufriremos a pesar de cambiar o de ser buenos seres humanos.

No es el pecado personal, el que nos trae sufrimiento como si fuera una relación de uno a uno. No, es el hecho de que Dios ha sido sacado de las vidas de una mayoría, lo que causa que en este mundo haya violaciones, asesinatos y todo lo demás que vemos en este planeta cada vez más deshumanizado.

Quien te enseñe lo contrario, o está tratando de venderte algo, o nunca ha leído el Nuevo Testamento, y lo entiendo, no nos gusta este concepto, porque simplemente no es justo. Pero la realidad no tiene que ser justa, es simplemente realidad.

Nos encantaría que haya una relación de uno a uno. Qué cosas buenas le pasen a personas buenas y cosas malas a los malos, para que se hagan buenos, pero usted y yo sabemos que no es así porque somos adultos y lo hemos visto.

Si permites que algunos inescrupulosos te llenen la cabeza con este mito tu fe eventualmente se desvanecerá. Tienes que entender que el cristianismo nunca ha creído que cosas malas no le pasan a gente buena, de hecho, lo que creemos, es que la peor cosa le sucedió a la mejor persona que haya vivido en esta Tierra.

¿Debemos resistir el mal?, claro. ¿Tratar de resolver los problemas del mundo? Sí. ¿Intentar aliviar el sufrimiento? por supuesto. ¿Ganaremos esa batalla al final? No. ¿A Dios le importa? Solo tienes que leer los evangelios para ver que sí.

Resolver el mal no es nuestro objetivo, lograr que la gente salga de su pecado y acepte el amor de Dios esa es la meta. Cuando predicadores se han pasado toda esta pandemia, vendiendo falsas ilusiones de que declarando algo esto se va a terminar o que se soluciona creyendo que no nos tocará, están mintiendo con descaro.

Ha durado tanto, y ha matado a tanta gente que ya no saben que decir, porque no quieren entender, o no les conviene decir, que Dios no nos está vendiendo un seguro de vida o contra incendios o de accidentes personales, Dios quiere que vivamos para Él, sabiendo que aquí hay mal que nos alcanzará, pero sin perder la mirada en lo importante: al final prevaleceremos, porque eso nos prometió Jesús. El sufrimiento es nuestro despertador para que veamos Su amor.

Empecé con unas palabras de C. S. Lewis permítame terminar igual: “Si encuentro en mí un deseo que nada de este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo.”

¡Y sabes que tú también!