Hablar con autoridad

Por: Andrés Carrera del Río

¿Qué se necesita para tener autoridad en un tema?

Creo que coincidiríamos en que debes ser un experto, haberlo estudiado, que sea parte de tu vida, porque lo haces a diario o regularmente, y si eres conocido por eso, que por lo menos la comunidad a tu alrededor lo reconozca.

Lastimosamente, uno se topa con muchos farsantes que afirman ser autoridad en un tema y hablan como que lo fueran, solo para dejar ver con el tiempo, que lo que son es “encantadores de serpientes”, aprovechadores de aquellos que ignoran ciertos factores, pero que, debido a su capacidad de palabra, pueden convencer a sociedades enteras a la destrucción.

Encuentras bastante de este tipo de personas en la política y en la religión. Gente que te ofrece el cielo y que literal o figurativamente te llevan al infierno. Motivadores profesionales que nos dicen lo que queremos oír, y pueden mentir sin el menor remordimiento para sacar el mayor provecho económico que se pueda.

Ha sido así desde que el mundo es mundo, y en el tiempo de Jesús este grupo eran los fariseos. Fanáticos religiosos que obtenían su poder y la admiración de la sociedad a su alrededor debido a su “santidad” fingida. Que interpretaban las leyes del Antiguo Testamento a su antojo y conveniencia, creando todo un sistema religioso al que denominaron “la tradición”.

Cuando Cristo anduvo entre nosotros, la gente que lo veía y escuchaba tenía un comentario recurrente: “Habla como quien tiene autoridad”. ¿Qué quiere decir esto?, ¿gritaba mucho?, ¿era un orador que podía motivar a las masas a hacer lo que él quisiera?

Por supuesto que no, y considero que se aclara lo que quiere decir la frase cuando leemos que el contraste que hacían era que no se parecía a los escribas y fariseos. ¿De dónde salía entonces su autoridad?

No de lo que decía, ni cómo lo decía, no porque les contara algo nuevo sino porque Él y su mensaje eran inseparables, eran uno solo. Cuando hablaba de Dios era porque lo conocía, si trataba de fe fue porque la que tenía, si mostraba compasión con la gente era genuina. Era diferente, no siempre lo entendían o le creían, pero siempre la gente quería saber más.

Vivía no para ser servido sino para servir. Era diferente, incluso de otros que pretendieron ser el mesías antes que Él… Los otros que se creían “Salvadores” querían que hicieran cosas para su beneficio personal. Jesús había venido a cuidarlos, no a ser el jefe, aunque siendo el único Hijo de Dios podía haberlo requerido. Y cuando hablaba todo el mundo sabía que era real, que ejemplificaba lo que predicaba.

La gente entendía que Él no estaba aquí para aprovecharse, sino para beneficiar a cada una de las personas con quien se relacionó. No quería que lo pongan en un pedestal, vino por otros. ¿Y sabes qué?, los líderes religiosos lo crucificaron, pero ¿quiénes se quedaron prendidos de Él? los de afuera, los pecadores, los no religiosos. Jesús sirvió, cuidó, ofreció su amistad, no condenó y habló directamente desde su corazón, porque lo que predicaba era claramente parte fundamental de su vida.

Ahora me pregunto: ¿por qué el movimiento que fundó, no tiene ya la misma autoridad?, ¿por qué tiene cada vez peor reputación con los de afuera?, ¿por qué no nos creen?, ¿por qué si lo que llevamos son “buenas nuevas” nadie quiere escucharlas?

Creo que la respuesta es sencilla: no tenemos autoridad. Nos pasamos escuchando a gente decir que son los representantes de Dios en la tierra, que han sido nombrados por el Altísimo, como profetas o apóstoles de Él, que han sido llamados a un ministerio santo, etc. Y solo es cuestión de revisar un poco a profundidad y te darás cuenta que no viven lo que predican.

Gracias a Dios no son todos. Gracias a Dios el movimiento está vivo, porque nosotros lo estamos  y mientras podamos derramar nuestra vida en alguien y vivir lo que pregonamos, haremos la diferencia, haciendo nuevos discípulos de Cristo, uno a la vez.

No necesitamos que nadie nos unja para tener autoridad. Lo que necesitamos es vivir lo que creemos y la autoridad nos será dada por aquellos cuyas vidas influenciamos, empezando por nuestras familias y amigos. No importa si nos demoramos, el vivir la fe finalmente derribará cualquier pared, así como no ser consecuente, las hará cada vez más altas.

El método de Jesús para lograr que la gente lo siguiera, cuando lo que reclamaba ser era casi imposible de creer, nunca falla, y empieza con que sus seguidores hablen con autoridad, la autoridad que viene de lo alto, pero que no se deja ver por declaraciones rimbombantes, que ponen toda la atención en el individuo que la solicita, sino aquella que muestra que vives lo que predicas. Dejemos de hablar tanto y empecemos a vivir nuestra fe, la gente lo notará y así podremos testificar como es debido, porque la gente reconocerá que tenemos autoridad.