La mies es mucha

Mat 9:35  Jesús recorría todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas, anunciando las buenas nuevas del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia.
Mat 9:36  Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Mat 9:37  «La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros –les dijo a sus discípulos–.
Mat 9:38  Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo.»

En la época de Jesús, gran parte de su ministerio lo hizo recorriendo las diferentes localidades que estaban en toda el área de Galilea, y sabemos por los evangelios que al lugar que fuere siempre lo seguían, no solo sus discípulos más cercanos, sino también una gran cantidad de simpatizantes. Donde se detenía ocurrían enseñanzas, señales y milagros, eventos que son relatados en los evangelios.

Podríamos comparar en cierta medida a Jesús con un predicador itinerante. El versículo 36 nos sitúa en la mente de Jesús en su labor ministerial, nos dice que “tuvo compasión” lo que nos da una clara impresión de su motivación y sentimiento por sus seguidores. Ver a una gran multitud que te sigue donde quiera que vayas o que llena un edificio para escucharte y admirarte por la profundidad, elocuencia y riqueza de tu predicación o enseñanza, es algo con lo que debemos luchar quienes tenemos la oportunidad de dirigirnos a un público o a una congregación, y puede ser el primer paso para perder de vista el objetivo de estar frente a una audiencia.

La palabra que utiliza Mateo en el versículo 36 al decir que Jesús tuvo compasión por las multitudes, en la traducción no logra captar vivamente el significado del original que es “splanjnízomai”, que va mucho más allá de lástima o compasión; se trata de un sentir que anhela desde las mismas entrañas, que mueve a la persona a sentir misericordia y compadecerse.

Esta compasión que sentía Jesús por las multitudes, no era solamente por ver su situación, en medio del camino, siguiéndolo durante largas jornadas. Mateo termina el versículo detallando que lo que causaba esta motivación era su situación espiritual. Eran como “ovejas sin pastor”; la oveja es conocida por ser uno de los animales más indefensos de la naturaleza: si no tienen un pastor quien les guíe, sus oportunidades de supervivencia disminuyen grandemente.  De igual manera hoy tenemos personas cuya oportunidad de salvación se ve grandemente disminuida si no tienen un verdadero pastor que las dirija, o peor aún, si están siguiendo a uno cuya motivación no es su salvación y crecimiento espiritual.

La comparación de Mateo de esta congregación con ovejas sin pastor, nos debe llevar a pensar en nuestras congregaciones y nuestro propósito y fin durante la predicación. Nos debería hacer meditar y examinar nuestro sentir durante las oportunidades que tenemos de llevar un mensaje. ¿Cuál es tu mayor preocupación mientras predicas? ¿el fin de la enseñanza es agradar a toda la gente? ¿que el mensaje sea estrictamente bíblico? ¿que el mensaje sea tan “agradable” y motivador que atraiga más público el próximo fin de semana?

En la época de Jesús, la gente no tenía falta de maestros precisamente, tenían toda una casta de la sociedad consagrada a la instrucción de las Escrituras y a velar por su cumplimiento. Lo que no tenían estas personas dedicadas a tiempo completo a la enseñanza, era justamente ese sentir que nos muestra Jesús en este pasaje; tenían falta de compasión, esa compasión que te lleva a la angustia porque tu mensaje sea lo suficientemente claro y directo para que logre motivarlos a cambiar algo en sus vidas que los acerque más a Dios y que enriquezca su relación con el Creador, no con el predicador.

El resultado de una predicación efectiva si bien debe ser el cambio de actitud de las personas hacia Dios, se va a ver reflejado en el cambio de actitud hacia los demás. En los versículos 37 y 38, Jesús nos dice su pesado sentir hacia esta misma multitud; son muchos los necesitados, están listos para escuchar el mensaje, y para vivir el resultado, porque no basta con predicar del amor de Dios, si los oyentes no sienten ese amor expresado en obras latentes provenientes de quienes las predican. Es un amor vacío, son solo palabras dichas por otro predicador, elocuente quizás, pero palabras vacías, que no van a mostrar la compasión de Dios sino la retórica y fluidez de un buen orador.

En la actualidad, muchas iglesias evangélicas parecieran estar más preocupadas por amontonar grupos de personas que sostengan su ministerio y que su área de influencia sea cada vez más extensa, y que la lealtad de sus miembros sea para con su denominación y su pastor, no para con el Señor de la obra.

Al igual que en el relato de Mateo, la cosecha es abundante, pero los obreros son pocos, obreros que estén realmente preocupados por llevar el mensaje y extender sus manos para cosechar las multitudes necesitadas de una palabra de ánimo, consuelo y esperanza, y una mano de afecto, de ayuda y de apoyo.

La cosecha es mucha, y si tu sentir hacia el público se acerca a ese anhelo de Jesús por aquellos que aún no le conocen, debemos aceptar que la cosecha es más abundante que lo que podemos alcanzar. Por eso el mensaje de Jesús debe ir acompañado de obras que muestren un cambio de actitud, un cambio que sea atractivo, un cambio en nuestra vida personal, en nuestras relaciones para con nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra familia y hacia los demás, para que cuando tengamos oportunidad de predicar, aquellos que nos escuchen no solo oigan un texto llamativo, sino que se interesen en involucrarse, pero sobre todo que comiencen a sentir ese anhelo de llevar la palabra a otros, que deseen ser un obrero más en el campo listo para la siguiente cosecha.

Jhon Álvarez.


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