Lo que escondes en silencio

Por Jhon Álvarez

Las últimas semanas, como antesala de lo que será el nuevo periodo de ‘Celebra tu recuperación’, hemos venido hablando acerca de un par de episodios de la vida de David, un hombre que como lo recuerda la Escritura en el libro de Hebreos, tenía un corazón conforme a la voluntad de Dios.

David durante toda su vida pasó grandes dificultades y desilusiones, pero al final de ellas, y a pesar de sus errores y equivocaciones, no solo es recordado gratamente a los ojos de Dios, sino que nos dejó grandes enseñanzas acerca de cómo tener una relación abierta y directa con Dios.

Muchas de estas enseñanzas las dejó plasmadas en el libro de Salmos, donde nos relata episodios de su vida y nos cuenta vívidamente su sentir en las diferentes etapas de su vida. Una de las más conocidas y vergonzosas de su vida es la historia bien conocida de su relación con Betsabé. David en un momento dado ve a esta mujer a quien desea y abusa de su posición para tener una relación indebida que no solo termina dejándole consecuencias a él, sino que su comportamiento involucra a personas inocentes e incluso se extiende hasta la pérdida del fruto de esta relación, que aún no había nacido.

La historia es bien conocida y no es el punto de esta corta reflexión dar otra vuelta más a un relato tan extensamente estudiado y enseñado.  En esta ocasión quisiera concentrarme en el tiempo que transcurrió desde el momento en que David comete su pecado hasta el momento en que se ve forzado a admitir su culpabilidad y pecaminosidad cuando es confrontado.

El comportamiento natural del hombre es tratar de presionar a Dios y vivir al borde del pecado, tenemos esa tendencia a vivir a la orilla del pecado, caminando sobre la línea pero tratando de evitar atravesarla, hasta que invariablemente terminamos extendiendo nuestros límites excusándonos y negándonos a cambiar de actitud a menos que las consecuencias nos hagan retroceder, mirar en perspectiva nuestro accionar, admitir que nos equivocamos y cambiar de proceder.

Lamentablemente esto puede tardar algún tiempo, en ocasiones años, y en algunos casos preferimos continuar viviendo en negación soportando las consecuencias.  Nos engañamos a nosotros mismos pensando que es mejor guardar silencio, hacer de oídos sordos si alguien nos muestra nuestro error y esconder en silencio aquello que termina forjando nuestras actitudes y proceder sin tomar en cuenta el daño que nos causamos a nosotros mismos y a otros, e invariablemente a quienes nos son más cercanos.

No es fácil, después de pasar muchas veces toda una vida negándonos a ver aquella herida que sufrimos a causa del pecado de otro o que causamos por nuestro pecado, iniciar ese cambio, iniciarlo hablando de ello, rompiendo ese silencio que durante mucho tiempo ha ido consumiendo nuestra vida, nuestra relación con Dios y nuestra relación con los demás.

David lo sabía de primera mano.  Después de su relación con Betsabé, trató de guardar silencio a sabiendas de que todo cuanto había hecho para ocultar esta relación no había hecho sino empeorar las circunstancias, causando la muerte de Urías y posteriormente del hijo engendrado con Betsabé.  No le fue fácil tener que admitir su error y necesitó ser confrontado para que finalmente dejara de guardar silencio y se presentara delante de Dios.

En el Salmo 32 podemos encontrar una descripción vívida de como sintió que su vida se consumía mientras guardaba silencio, y de cómo una vez que confesó y aceptó el perdón de Dios, pudo disfrutar de Su gracia una vez más.

A diferencia de David, quien usaba el silencio para buscar la presencia de Dios, solemos guardar silencio acerca de nuestro pecado, llenando ese espacio con el ruido de nuestra vida diaria, tratando de reemplazar ese tiempo en el que nos vemos confrontados con las consecuencias de aquella vieja herida (sufrida o causada).

A veces preferimos esconder en silencio aquello que nos duele confrontar, y seguiremos así, a menos que el dolor de las consecuencias sea mayor al dolor que nos causa el cambio que debemos hacer.

Es por esto que es de vital importancia romper ese silencio y permitir que salga a la luz aquello que hemos tratado de esconder durante largo tiempo, que en ocasiones está tan oculto que necesitamos de ayuda para poder hallarlo y comenzar a sanar.  Para esto debemos contar con una comunidad, con un círculo de apoyo con el que podamos contar mientras damos nuestros primeros pasos en el camino a la sanidad interior y a la restauración de nuestra relación con Dios, con quienes hemos lastimado y con quienes nos han lastimado.

David lo aprendió y en este mismo salmo nos relata del gozo que posteriormente volvió a disfrutar una vez que su relación con Dios fue restaurada, cómo a pesar de su momento de debilidad y pecaminosidad, una vez que dejó de ocultar su pecado y lo expuso delante de Dios, pudo sentir la gracia y el perdón otorgado para sanar su corazón y convertirlo en uno conforme a la voluntad de Dios.


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